
En la orilla de mi golfo natal el viento terco que me empujaba al recuerdo de sucesivas calamidades no contenía mi llanto. La dejé ir, cuidándome de un muy pensado futuro. En el aeropuerto me preguntó: ¿quieres que me quede? No, debes irte –respondí-, me molesté por tonta, puedo cambiar -me dijo-, no se puede transformar la ausencia de carácter –le respondí desde mi fatiga moral-. Creí, en mi infantil amargura, que un amor invicto debe ser espontáneo. Extraviado y amargo la miré sin lágrimas, me impuse sobre su rostro vulnerable, su congoja solapaba el amor. Me dio su última mirada de ráfaga con una infeliz sonrisa transfigurada en desprecio, y se alejó flotando. Ambos con los dedos medio levantados nos dimos un último atisbo de simpatías. Último relato de la desgracia, y se perdió de mi.
Desperté, en la parte más secreta de la noche, de mi sueño de muerte. Sequé mi boca con una leve sensación de desahogo. Salí con mi estupor infausto hacia el rumor, rompiendo las opacas alegrías de la gente al otro lado de la puerta, donde ocultaban el regocijo por no haberme ido en ese avión, la blasfemia de mi alma cesó la fe de los poderes humanos. Y no volví.
Desperté, en la parte más secreta de la noche, de mi sueño de muerte. Sequé mi boca con una leve sensación de desahogo. Salí con mi estupor infausto hacia el rumor, rompiendo las opacas alegrías de la gente al otro lado de la puerta, donde ocultaban el regocijo por no haberme ido en ese avión, la blasfemia de mi alma cesó la fe de los poderes humanos. Y no volví.