Evangelio según san |
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos
N aquel tiempo: Le rogaba un fariseo a Jesús que fuese a comer con él. Y habiendo entrado en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. Y una mujer pecadora, que había en la ciudad, cuando supo que estaba a la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro, lleno de ungüento¹; Y poniéndose a sus pies en pos de él², comenzó a regarle con lágrimas los pies, y los enjugaba con los cabellos de su cabeza, y le besaba los pies, y los ungía con el ungüento.
Y cuando esto vio el fariseo, que le había convidado, dijo entre sí mismo: "Si este hombre fuera profeta, bien sabría quién, y cuál es la mujer que le toca, porque pecadora es".
Y Jesús le respondió³, diciendo: "Simón, te quiero decir una cosa". Y él respondió: "Maestro, di".
"Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. Mas como no tuviesen con qué pagarle, se los perdonó a entrambos. Pues ¿cuál⁴ de los dos le ama más?"
Respondió Simón, y dijo: "Pienso que aquel, a quien más perdonó". Y Jesús le dijo: "Rectamente has juzgado".
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: "¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, no me diste agua para los pies; mas esta con sus lágrimas ha regado mis pies, y los ha enjugado con sus cabellos5. No me diste beso. Mas ésta, desde que entró, no ha cesado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con óleo; mas esta con ungüento ha ungido mis pies6. Por lo cual te digo: Perdonados le son sus muchos pecados, porque amó mucho7. Mas al que menos se perdona, menos ama8". Y dijo a ella: "Perdonados te son tus pecados".
Y los que comían allí, comenzaron a decir entre sí: "¿Quién es este, que aun los pecados perdona? 9" Y dijo a la mujer: "Tu fe te ha hecho salva: vete en paz10".
¹ Mt 26,7; Mc 14,3; Jn 11,2; 12,3. Esta mujer no debe confundirse ni con María Magdalena, de quien se habla en el capítulo siguiente, y en otros lugares de los Evangelios, ni con María, hermana de Marta y de Lázaro, porque ya hoy día está casi demostrado que fueron tres personas distintas, aunque muchos de los antiguos intérpretes las han confundido en una sola. Véase a Calmet, a Tillemont, y otros.
² Leemos en el Evangelio, que muchos llegaron al Salvador buscando la salud de sus cuerpos; pero de sola esta pecadora se lee, que le buscase para que curase las llagas de su alma, y esto con una santa libertad y osadía, porque, como observa San Agustín: “La que no tuvo vergüenza para pecar, tuvo menos para pedir perdón”. Y el conocimiento y dolor de las grandes heridas, que padecía en su alma, la hizo entrar osadamente en una casa extraña, sin que nadie la hubiese convidado.
³ Respondiendo a lo que pensaba y decía en su interior.
⁴ Esto es; ¿cuál de los dos le debe amar más? No pregunta lo que suele acontecer, sino lo que debía ser, por razón del beneficio recibido.
5 Por esta antítesis que hace el Señor, da a entender al fariseo la diferencia de disposición interior que había en su corazón, de la que tenía aquella ilustre pecadora para recibir los dones de su gracia.
6 Era costumbre de los judíos, y de otros orientales, dar beso de paz y de amistad a los que recibían en su casa, lavarles los pies, principalmente cuando venían de un largo viaje; y en los convites usaban de ungüentos y perfumes.
7 El habérsele perdonado muchos pecados, fue causa de que se encendiese en su corazón una nueva y mayor llama de amor, y de agradecimiento hacia su bienhechor.
8 Estas palabras miran al fariseo, que, siendo justo en su opinión, no se creía deudor a la justicia divina.
9 Que pretende apropiarse la potestad de perdonar pecados, que pertenece solamente a Dios.
10 Aquí se atribuye a la fe la remisión de los pecados; porque la fe en Jesucristo es el principio de la salud, y el primer paso que da el pecador hacia la justicia. La fe condujo a esta mujer a los pies de Jesucristo pero su arrepentimiento fue el que la reconcilió con Dios; de manera que arrepintiéndose y comenzando a amar, bastó para que el Señor la perdonase: esta misma gracia y perdón del Señor encendió en su corazón nuevas y mayores llamas de amor. La paz de la conciencia es un fruto de la fe.