Creo que estamos en agosto, aunque me gustaría que estuviésemos en diciembre. Sube el telón, estratégico recurso ese de usar la imaginación, y aparece la nostalgia. Entonces me digo que ya diciembre está haciendo su aparición. Estamos en la plaza Glorias Patrias y su cabello negro se mueve entre mis dedos como si se tratase de un sutil chorrito de agua, haciendo caricias en mis manos. Me pregunto si no es diciembre el mejor tiempo de mi vida, teniendo que aparecer detrás de uno de los árboles de la plaza la amenaza de algún duende escondido.
No sé si es ese duende el que me recuerda lo tonta que soy. Quizá lo mejor de ser tan tonta es recordar y entrar en ese universo de sentimientos que sólo es capaz de adobar el tiempo.
Ya es hora de bajar el telón.
Nuevamente estoy en ese que llaman “mundo terrenal”. Es cuando comprendo que estoy temblando de pie en la plaza Glorias Patrias, y una vez más, tonta al fin, entiendo que no he logrado salir de ese lugar.
Y que siempre puede ser diciembre en agosto.