Indudablemente emigrar o permanecer en el país es una pregunta que cada día cobra más fuerza en la mente de todo profesional venezolano, independientemente de su área de trabajo. La situación actual nos arropa a todos por igual, sin distinguir sexo, raza, clase social o nivel de instrucción, y es por esto que la población joven continua avanzando hacia un éxodo masivo que ya no sabemos cuándo acabará.
Por supuesto que esta duda sólo da cabida a una respuesta. Existen quienes ya tienen sus planes hechos:
“Voy a quedarme un año más trabajando, ahorraré para comprar dólares mientras legalizo mis documentos y que no me sea tan difícil una vez fuera”.
Ese es el pensamiento predominante.
En el otro extremo se encuentran los que conservan la esperanza de ver una luz en medio de tanta convulsión, una solución concreta que no implique abandonar la tierra en la que crecimos junto a una familia que –a pesar de la adversidad que se vive– nos pone la mano sobre el hombro brindando apoyo incondicional.
Sin ningún tipo de afín político, quisiera compartirles mi experiencia y mi punto de vista al respecto.
Como comenté durante mis inicios en este ecosistema, estimados seguidores, soy médico. Orgullosamente médico, egresada de la Universidad de Carabobo, una casa de estudios reconocida por todos en mi país, y a la cual muchos desean ingresar para formarse como profesionales. Si bien es cierto que soy, prácticamente, una recién graduada, pues apenas cuento con un año y dos meses ejerciendo, no es menos cierto que mis sueños de infancia, mi proyecto de vida, y mis metas –las que me tracé al iniciar mi formación– no se asemejan en nada con lo que actualmente se vive.
Durante mi adolescencia, en el momento que tuve claro mis objetivos a largo plazo, soñé con estudiar diariamente, esforzándome para tener una carrera, ejercerla de la mejor manera y, obviamente, independizarme sin dejar de apoyar a mis padres, esas personas que harían (e hicieron) todo lo que estuviese a su alcance para brindarme aquello que ellos mismos no pudieron tener.
Al iniciar los estudios en mi alma mater me propuse, fiel a mis objetivos, ser una buena estudiante, en honor a mis padres y al futuro que quería tener. Tomar todos los consejos que me regalaron mis maestros y ponerlos en práctica junto a los conocimientos adquiridos para ser una profesional íntegra que fuera útil a la sociedad y a su país, en donde pudo obtener una educación completamente gratuita.
Cuando comencé mis pasantías, empecé a “verle el queso a la tostada” (como decimos en Venezuela para referirnos a que algo está empezando a tomar forma o que le encontramos sentido a algo), eso me acercó a la realidad que en pocos años enfrentaría y, sinceramente, no se acercaba mucho a lo que creía que era.
Por supuesto, las labores cotidianas a las que se somete un médico en formación eran las mismas con o sin las actuales dificultades: recibir pacientes en el área de emergencia, evaluarlos en hospitalización, presentar casos clínicos; eso lo esperaba. Lo que me alejaba de mis sueños era ver como no se disponía de los equipos e insumos necesarios, que el laboratorio o la unidad de rayos x no estuviera funcionando por completo para poder realizar los estudios complementarios que ameritara el médico a cargo para apoyar o descartar su diagnóstico, y ver a los familiares en la necesidad de salir a altas horas de la noche en busca de dónde y cómo hacer o conseguir lo que el paciente ameritaba.
Sin embargo, gracias a Dios, los médicos venezolanos somos guerreros, y sabemos adaptarnos a las condiciones que se nos ponen en frente, y digo somos porque, a pesar de mi corta experiencia, tengo el privilegio y el honor de pertenecer a un gremio que no se rinde, es por esto que muchas veces en el extranjero no se duda de nosotros.
Podría decir que durante mi época universitaria, en condición de “pasante”, éramos ricos y no lo sabíamos, puesto que paulatinamente la situación ha empeorado sin descanso, deteriorando nuestra calidad de vida a punto del colapso –incluso mental– del que, primero Dios, pronto lograremos escapar; y una vez graduada me tocó “pasar las de Cain” en un sistema de salud que poco tiene para ofrecer, a pesar de un personal dispuesto a trabajar.
Sin antibióticos ni analgésicos o con uno solo a la disposición de variedad de patologías, sin soluciones de hidratación o sólo con una, sin jeringas, sin guantes, sin ambulancias, sin quirófano disponible: así ejercí mi primer año como médico y, afortunadamente, junto a mis compañeros y al personal de enfermería pudimos dar respuesta, dentro de lo humanamente posible, a las necesidades de los pacientes.
Hoy veo un deterioro atroz cubrir los hospitales como si fuera una nube torrencial, como si el sol se encontrara oculto entre las montañas y se asomara en un bostezo efímero para que la mano de Dios haga de las suyas y no sentirnos más decepcionados de lo que ya estamos. Siento que vivo la mejor etapa de mi vida en el peor momento de mi país pero a pesar de esto, mantengo mi frente en alto, conservo la fe en que nuestro país dejará de desmoronarse y que los que se han ido volverán, o ya no habrá necesidad de partir, sino que entre todos ayudaremos a reconstruir esta tierra bendita que amo como a una madre, porque solo así se le puede querer.