aquí dejo una parte de esta pequeña historia que escribí hace un tiempo.
Capítulo I: La venganza.
1
Jamás se ha pensado en el débil, escuché una vez por allí que «burlarse de los débiles es de miserables» pero en pocas palabras siempre han sido blancos de ataques ¿no crees? Agarro el frasco de pastillas, saco unas y las trago.
Bueno en cierto punto la naturaleza no perdona a los que no pueden combatir, es, como si de obra divina se tratara, prepararse para la guerra. Pues así fue como pasó en ese momento, nadie pensaría que todo este caos vendría por algunas debilidades.
Corría el año 94 entre las crisis y los actos de terrorismo como ocurrieron en México por parte del EZLN, el atentado de AMIA en Argentina, la explosión de una guerra civil en Ruanda, aquí en Europa seguía en pie la guerra de Bosnia, también ocurrió una matanza en el mercado de Sarajevo y la intervención rusa en Chechenia; pero a pesar de eso, caminaba por una calle de París un muchacho de unos 19 años, más o menos un metro setenta, ojos verdes, algo de barba y con cara de inocencia. Él buscaba algo.
—¿Qué cosa?— pregunta Matheus.
—Déjame seguir contando— respondo sacando un cigarro.
Sigo…. más bien, ya lo había encontrado, había encontrado ese algo.
Al llegar al café, creo que de nombre Blé Saint por la Rue de Faubourg Saint Antoine, entró sin mucha pena y tomó su turno de trabajo. Eran como las 6:00pm y la noche empezaba a cubrir esa escena parisina. Una mujer miraba a lo lejos mientras pasaba su dedo por el borde de la taza y de vez en cuando sonreía. El muchacho se cambió la camisa por la del trabajo y fue directo a su labor.
Esperó algunos clientes que no llegaron hasta media hora después. Todo estaba muy movido esa noche. Gente entraba y salía. Unos alemanes, otros marroquíes, ingleses etc. Ya a las 12 de la media noche finalizó su turno y sin perder mucho tiempo, salió del local y allí encontró lo buscado.
Ella, ella era: una muchacha con una sonrisa infantil, cabello corto, labios delgados, ojos marrones de esos que hablan con dulzura, piel blanca y una voz destinada a ser escuchada.
(Tiro la colilla de cigarro y la piso con la punta del zapato) a los lejos un hombre juega con un can, tirándole la pelota.
Luego de que se vieron, se abrazaron con mucha fe ¿sabes? De esos abrazos que te sacan del mundo.
—Sí, sí sé cuáles son— indicó Matheus.
Bueno, luego se besaron con mucha pasión pero sin perder la cordura, rieron y empezaron a caminar.
Ella contaba su día, trabajaba como asistente de diseñadora de ropa o algo así. Pero al hablar con él, ella olvidaba los dolores de cabeza laborales.
Disculpa… (Sale una tos).
Caminaron hasta el parque Raoul Nordling y allí se sentaron a tomar un chocolate y a unos pasos de ellos estaba un violinista, daba la melodía comme moi de Edith Piaf.
Él le pregunta a ella:
—¿Vamos a mi casa?
—No sé— respondió con una sonrisa burlona.
—¿Y quién sabe?
—Tú.
Él la miró y sujetó su mano, caminaron el parque, pasaron por pequeños edificios que los observaban con luces encendidas, el sonido de los pasos hacían el conteo de llegada a la Rue Saint Bernard, pero no todo es color de rosa por lo que se puede ver y un golpe seco aturde al muchacho, mientras que dos sujetos se llevaron a la chica para un callejón que no mostraba sombra, uno de los atacantes mira al muchacho y sonriendo reluce un diente de oro. Una voz dolorosa suena con un nombre: Jeanne.
2
Al día siguiente no fue muy a gusto que digamos. Disculpa… (tose). En el hospital Saint Louis el muchacho se encuentra tendido en una habitación y un hombre que lo observa detalladamente espera a que despierte.
Minutos después el joven con unos pestañeos vacilantes logra abrir los ojos.
—Buenos días Patrick, soy el detective Ferbe— dice el hombre.
—¿Qué ha pasado? Me duele la cabeza ¿Dónde estoy?
—Estás en el hospital, ayer tuviste un problema algo fuerte.
—Sí, ahora recuerdo, ¿Dónde está Jeanne? ¡Jeanne, Jeanne!— dice Patrick todo exaltado.
—Calma, Patrick.
—¿Dónde está ella?
El detective Ferbe se rasca la cabeza y se sienta a su lado con cara preocupante.
—Lamento ser el portador de malas noticias, pero ella…
—¿Ella qué?
—Ella no sobrevivió al ataque, los sujetos del acto cometido no la dejaron vivir, mi sentido pésame.
Patrick quedó lívido, no lo creía y en segundos se le salieron las lágrimas.
—No puede ser, esto no está pasando, es mentira, ella está bien— expresaba mientras golpeaba la cama.
—Lamento lo sucedido pero no se pudo hacer nada más.
Hubo un momento de silencio, mientras que el muchacho se desahogaba entre llantos y suplicios.
—Patrick, quiero hacerte unas preguntas que nos puedan ayudar con este caso… ¿sabes cómo eran los atacantes? ¿Cómo vestían o alguna otra cosa?
—No recuerdo, todo estaba muy oscuro y fue muy rápido, no pude ver bien con ese golpe— respondía limpiándose las lágrimas y los mocos.
—Algo tuviste que ver, color de piel, ¿algún tatuaje, herida?— presionaba el detective.
—Malédiction no sé, no recuerdo, maldita sea todo esto— respondía Patrick volviendo a llorar.
Corrió otro minuto de silencio y el policía no dejaba de observar al muchacho.
—Aunque pensando un poco… sí hay algo que recuerdo, uno de los hombres que atacó o me golpeó, sonrió luciendo un diente de oro.
—Un diente de oro— subrayaba el detective mientras anotaba en su libreta— bueno, Patrick, veremos en qué te puedo ayudar, si recuerdas algo más que nos pueda abrir más puntos aquí está mi tarjeta.
—¿A ella que le pasó, dígame que le pasó?
—Lo siento, pero eso es confidencial, el doctor puede darte alguna explicación pero no muy profunda, en verdad lo siento, espero que te recuperes pronto.
—Detective.
—¿Sí, Patrick?
—Quiero que agarre a esos Fils de pute .
—Haré lo posible.
El policía salió de la habitación y en instantes llegó el doctor que estaba atendiendo al muchacho. Patrick le pidió respuesta sobre su chica y el galeno con un suspiro pronunció algunas palabras que dejaron a Patrick en silencio, ahogándolo en odio y maldiciendo por dentro.
3
A los pocos días a Patrick le dieron de alta, caminó respirando profundo hasta su apartamento e intentó dormir con todos esos sentimientos encontrados. Días siguientes fue el funeral de Jeanne, la muchacha de sus sueños, esa pequeña angelita que él amaba y que no lograba entender su ida de este mundo. En el cementerio público Saint Vicent estaba toda su familia y dio presencia el detective. Como pasa en esos casos, todo fue muy triste. Al finalizar el funeral y después de despedirse de todos los allegados, Ferbe persiguió a Patrick y le colocó su mano en el hombro.
—Patrick ¿Cómo estás? ¿Sabes algo más o recordaste otra cosa de lo sucedido?
—No señor, creí que usted estaba en eso.
—Es muy difícil encontrar a un sospechoso con un diente de oro, hay muchas personas con dientes de oro en París.
—Detective, ese es su trabajo, encuentre a esos fils de pute.
—Estoy tratando pero es confuso.
—¡Mueva cielo y tierra, malédiction! Si el muerto fuera un funcionario ya hubieran matado a media París hasta encontrarlo.
—¡Cálmate Patrick, baja la voz! Hago lo que puedo, yo también tengo familia e hijos, entiendo tu dolor, pero esto no es decir y dios da, es más jodido de lo que parece.
Cerraron la boca por un momento y luego el detective se marchó sin decir más nada. Pasaron unas semanas y la información de la autopsia se hizo al conocimiento del muchacho y créelo no era nada bonito lo que contenía:
En el cuerpo del delito se encontraron varios rasgos de abuso sexual, entre ellos: lesiones graves en la zona vaginal, penetración forzada tanto por la vagina como por el recto, quemaduras de cigarro en los labios vaginales y clítoris, también en la zona del tórax, barriga y senos. Mordeduras en los pezones, dislocación en el brazo derecho por un forcejeo, rotura de nariz, contusión en el pómulo izquierdo y en la zona dental, etc.