Si hay algo por lo que vale la pena esperar, es la puesta de sol
Uno de los grandes privilegios de vivir cerca de la costa es tener la posibilidad de poder apreciar un atardecer en la playa, el simple hecho de sentarse en la arena a ver como los rayos de luz van perdiendo en el horizonte y pintan el cielo en una gama de colores increíble.
Cada uno parece ser pintado por un artista diferente, y la paleta siempre parece mantenerse entre los colores mas cálidos del circulo cromático.
Desde que tengo uso de razón siempre he vivido a menos de cuatro cuadras de la playa, y creo que es un requisito inconsciente que tengo ala momento de decidir donde voy a vivir.
Recuerdo de niño tener siempre presente la fascinación de tener que cruzar un puente para llegar a mi casa, tener que cruzar un arroyo que desemboca en el ocean, por un puente une aproximadamente un corte de apenas cien metros.
Para no seguir hablando de mi infancia y retomar el tema de los atardeceres y su belleza, la paz y armonía del momento voy a pasar a explicar un poco mi visión sobre el análisis y significado personal de este evento tan cotidiano y a su vez tan único.
Vivía mis veintipocos años, trabajaba en una automotora representante de BMW, NISSAN, y DUCATI, con sus pro y sus contras como todo trabajo, y por mas que siempre fui un gran amante de los autos y las motos, debo confesar que esa tarde, creí odio todo.
Mi tarea en ese preciso momento era llevar un auto a cargarle combustible y traer una batería para un Ford Escort año 98 que estaba prácticamente momificado.
Llevaba unos cinco kilómetros transcurridos cuando mi auto se apagó, poco a poco parecía ir quedando sin energía, bastimente sin combustible.
Camine unos dos kilómetros mas bajo agua con un bidón en la mano, cargue el combustible y volví con mi cara de odio del mismo color que la tarde.
Cargar el combustible no fue el problema pero hacer llegar el combustible al motor fue un caos, sin un sistema de bombeado sacar el aire era imposible.
Cuando el auto no encendía, tenia agua hasta adentro de los bolsillos, y las soluciones parecían ser nulas, decidí sentarme a respirar, y replantear mis ideas.
Cuando levante la vista la tormenta ya estaba retirada y los colores que empezaron a aparecer fueron una obra de arte, mi cabeza hizo un click y logro que todo quede atrás, y que los problemas desaparezcan.
El simple hecho de sentarse a mirar como un día que parecía no tener nada productivo, estaba terminando con una película y una paz que me llenaron el alma.
El poder que tiene un atardecer para cambiar nuestro estado de animo, nuestro humor, incluso ayudar a cambiarnos el día es asombroso. Recuerdo ese día a menudo, muchas veces apreciando un atardecer, muchas veces cuando las cosas no salen como un quiere, siempre valdrá la pena esperar por el siguiente atardecer.