CEGUERA MENTAL
Santiago Jamás olvidó el lunes de su partida, una mañana tranquila y clara de un acalorado mes de Junio. Nació en una isla ubicada al norte de su país, conocida por ser la perla del Caribe. Con treinta y cinco vueltas al sol, dos logros universitarios y tres empleos, Santiago no tenía nada y andaba a medio comer.
Increíblemente nadie advirtió el momento en el que nuestro país nos fue arrebatado. Con falsas promesas e ideales, esforzándose por hacernos cada día más ignorantes y de esa manera poder manipularnos con facilidad. Nos hablan de igualdad cuando en realidad la balanza se inclina hacia un pequeño grupo. Han pasado tantos años que la generación relevo nunca ha sabido vivir de una manera distinta y el resto de nosotros creo que ya lo han olvidado.
No huyó de su país por afinidad a algún color en particular, de hecho sus días de a poco fueron olvidando el brillo de los colores. Después de muchas y largas noches de insomnio, un día decidió hablar con sus padres, explicó la tormenta que azotaba su interior, decidió partir al hermano país en busca de una vida mejor, lo dijo con serenidad, pero con un nudo en la garganta que cortaba su respiración.
Debido a sus escasos recursos su travesía inició por vía marítima, después vía terrestre y con tan solo una maleta y un pequeño bolso, jamás se imaginaran cuantas cosas experimentó. Descubrió un país totalmente cambiado al que alguna vez conoció.
Es realmente sorprendente la condición humana y me refiero a los instintos de supervivencia que entran en juego ante situaciones críticas o como dirían en mi pueblo “La necesidad tiene cara de perro”. Nuestro país fue contaminado, hipnotizado con el brillo del color rojo, nos acostumbramos a recibir bofetadas de una mano izquierda y aprendimos a olvidar como defendernos. Ahora cada persona busca ventaja sobre los demás, utilizando la influencia para obtener ganancias, donde todo constituye un negocio para poder subsistir, todos lo llaman la viveza criolla y ya nada queda para el ciudadano decente y honrado, por más trabajador que sea.
Una vez en la frontera que se encontraba cerrada por desacuerdos políticos, pagando de lo poco que tenia a compatriotas de su país que lograron pasarlo por caminos clandestinamente a cambio de dinero, logró volar la barda y una vez del otro lado nunca supo del paradero de su maleta, siempre lo enviaban a hablar con alguien diferente, hasta que aceptó lo que había ocurrido.
Ese mismo día, abatido, deambulo por una plaza y se topó con un anciano sentado en una banca, por su bastón y sus lentes oscuros pudo suponer en el algún tipo de ceguera.
Buenas tardes- dijo
Venezolano cierto? -pregunto el anciano.
Si - le respondió, supuso que el acento lo delataba. Entablaron una larga conversación y pudo enterarse que el anciano llamado José, Cheo de cariño, era también de su país, había emigrado un par de años atrás, por los mismo motivos. Santiago le contó todo lo que ocurría actualmente en su país y por todo lo que había pasado recientemente. Nunca pudo olvidar las palabras del viejo:
-Ojala más personas vieran tan perfectamente como tú – dijo Cheo – paciencia hijo, mantén siempre tus ojos así de abierto, fíjate en este viejo ciego que hace un par de año logró ver a pesar de su enfermedad, que sigue y seguirá esperando que millones de personas de nuestro país, que ven, dejen de hacerse los ciego, bien sea por miedo o por interés y que los ciegos que en realidad ven, vean más allá de su ceguera mental.