La condensación del ambiente había formado muchas gotas de agua. Muchas de ellas huían de los primeros rayos de sol de la mañana con miedo al calor que las destruiría, transformación gaseosa que las elevaría al cielo testigo de su nacimiento.
Otras, intentaban no cohesionarse entre sí para sobrevivir a la fuerza de la gravedad. No deslizarse por la hoja hasta caer al suelo y fusionarse con la madre tierra. Había que aguantar, en cualquier momento podría llegar su oportunidad.
Aún no había salido el sol y ese día se había despertado más temprano de lo habitual. La calle estaba desierta y el aire se respiraba puro como nunca. Era la mañana perfecta para salir a correr.
Mientras tanto, las gotas, irremediablemente, habían comenzado a juntarse entre sí y cada vez se hacían más grandes. Por mucho que intentaban aferrarse a la superficie rugosa de la hoja, muchas de ellas no podían evitar su destino y caían resignadas. Sólo una fuerza de voluntad extrema combinada con una suerte casi imposible podían cambiar el rumbo de su futuro.
La calle estaba plagada de árboles, más bien parecía un túnel natural hecho a base verde clorofílico. Mientras corría, levantaba la mirada y pasaba de rama a rama viendo todas aquellas hojas inmóviles. ¿Acaso eran ellas las que le observaban?
En ese precioso momento, el sonido del viento atravesando y sacudiendo la maraña de hojas lo sacó de su ensoñación.
Un ejército de gotas empezó a caer sobre él. Entonces, institivamente, dejó de correr, cerró los ojos, extendió los brazos y abrió la boca.
Muchas de ellas lo habían conseguido. Ahora formaban parte de él. Ahora eran vida.