Su mirada era estrábica. El movimiento de su cabeza mientras me seguía al pasar por su lado era extremadamente lento, casi como con retardo.
Cada día, cuando salía de casa para entrar en el coche aparcado delante, ahí estaba, a la sombra, tendido sin inmutarse. Era al mismo tiempo perturbador y tierno, negro y huesudo.
Su paso, tambaleante. Su cola, delgada y sin movimiento indicaban ausencia.
Al acercarme, dos maullidos sordos; mueca angustiosa y angustia transmitida de felino a homínido. Transmitida de igual a igual.
Los días pasaron y aunque sus maullidos sordos me motivaban a llevarle comida y bebida, nunca lo hice. Tan sólo le dedicaba unos segundos al día cuando se lo cruzaba por la calle. Luego, mientras me alejaba por la carretera, pensaba que lo primero que haría al volver a casa sería ponerle algo de comer.
Maullidos humanizados de socorro. ¿No me ves? ¿No ves que te estoy pidiendo ayuda?
A las dos semanas, me lo volví a encontrar y esta vez ni siquiera abrió la boca. Sólo levantó la mirada y al reconocerme miró hacia otro lado. No eres digno de mi atención, he gastado demasiadas fuerzas en ti.
Al fin, motivado por nuestro último encuentro, salí de casa con un plato de leche, un plato de sardinas y ese sentimiento de plenitud que te embarga cuando das de comer a cualquier ser vivo.
Ahí estaba, echado a la sombra del coche, durmiendo. Me acerqué y le puse el plato cerca mientras observaba su pelaje débil.
No hubo reacción.
Ya, era tarde.