El sonido del bote del balón era lo único que se escuchaba en el gimnasio. La luz del atardecer, medio anaranjada, entraba por los ventanales golpeando el suelo, deshilachándose su propia longitud de onda y desvaneciéndose. Pequeñas partículas de polvo en suspensión se mantenían en el caño de luz oblicuo, flotando y casi sin moverse; era como si no quisieran abandonar el foco de calor que las atravesaba. No querían volver a sumirse en la oscuridad.
Desde hacía tres semanas Julia acudía puntual después de clase a practicar. Se había propuesto entrar en el equipo femenino de baloncesto y las pruebas de admisión para las nuevas eran al día siguiente.
Tenía poca técnica pero era muy rápida. Eso le motivaba y esperanzaba. Si el entrenador pudiera percatarse de lo rápida que era quizás la admitiera en el equipo.
«Cinco triples más encestados y me voy para casa », pensaba mientras recogía el balón del suelo.
Al entrar en casa, su padre, como de costumbre estaba leyendo el periódico en la mecedora del salón y su madre, terminando de hacer la cena en la cocina. Hacía poco que se habían mudado y aún no sentía la casa como suya.
– ¿Qué tal hija? ¿Cómo te fue hoy el colegio? –le preguntó su padre mientras inclinaba la cabeza hacia abajo y poder mirarla por encima de las gafas.
– Bueno, bien papá, nada extraordinario, clases aburridas y después estuve en el gimnasio echando unas canastas. Mañana son las pruebas para entrar en el equipo.
– Ah sí, me dijiste el otro día y dime ¿Estás nerviosa?
¿Debería contarle a mi padre como me siento realmente? ¿Debería contarle que en tres semanas de colegio he comido sola todos los días? ¿Debería contarle que me siento triste, sin motivación y que lo de entrar en el equipo es solo una excusa para tratar de hacer alguna amiga?
– No mucho la verdad, he estado practicando últimamente, yo creo que me van a admitir papá. Van a hacer un partido a campo entero y nos mezclaremos las nuevas con las veteranas.
–¿Quieres que vaya a verte?
– No, mejor no, que si vienes seguro que voy a estar más pendiente de ti que del balón
Mientras padre e hija charlaban en el salón, la voz de su madre interrumpió la conversación, decibelios acogedores adornados de olores atrayentes.
– ¡A cenar!
Ya en la cama con los ojos cerrados no paraba de imaginarse el día siguiente. El entrenador escudriñando la cancha y ella con balón en mano, botando lentamente saliendo desde su campo, acelerando y driblando a una contraria y luego a otra, entrando a canasta y anotando. Luego se imaginaba un pase de balón recibido con solidez, tiro de tres y de nuevo dentro.
Ella no lo sabía, pero mientras se imaginaba las escenas en su cabeza, sonreía en la oscuridad de su habitación.
– Bueno chicas, ya sabéis lo que vamos a hacer. Partido para probar a las nuevas. Nada de faltas fuertes y nada de robar protagonismo. Juego tranquilo e intentad que las nuevas toquen bastante balón.
Mientras el entrenador decía las últimas palabras antes de empezar, dos chicas rubias y muy altas se miraban de reojo y se sonreían con complicidad.
– En especial vosotras dos pasad la bola a las nuevas que quiero ver cómo la tocan y como se mueven por la cancha.
Julia escuchaba con atención las últimas palabras mientras miraba con desconfianza al resto de las nuevas. Se sentía bien y con fuerzas, al final había dormido de maravilla.
«Vamos, vamos, vamos », repetía en su cabeza cuando sonó el pitido para comenzar.
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