Las bibliotecas son templos rodeados de misterio. Siento por ellas el mismo respeto que al dirigirme a una persona de muchos años y sabiduría acumulada. Cuando entro en una me sumerjo en el ritual de un silencio que me invita a aislarme para escuchar las voces calladas en sus estanterías, por las que circula información como sangre por las venas.
Es regresar a nosotros mismos, a todo el conocimiento acumulado más allá de nuestra civilización, pero también a las dudas que a día de hoy aún nos corroen y queremos dar respuesta. Por eso me gustan, porque son un lugar donde leer y aprender a leernos.
Son un espacio para crecer no solo desde la infancia sino para desplazar los límites de nuestra ignorancia, porque nadie nace sabiendo pero en ellas se aprende a vivir. En ellas se concentran las vidas de cuantos nos trascendieron y, aunque muertos, siguen latiendo a través de sus libros.
Me tocan el corazón y podría recorrer el mundo de una a otra: desde las cenizas de Alejandría hasta la Vaticana. (Sólo por curiosidad y para hacernos una idea de ambos tesoros recomendaría ver las películas “Ágora” de Alejandro Amenábar y “Ángeles y Demonios” de Ron Howard). Aunque por su belleza también convendría perderse por las de El Escorial y la Biblioteca Nacional (Madrid), la del Trinity College (Dublín), la Nacional Austriaca (Viena) o la Nacional de Praga (República Checa); en un extenso listado en el que no podrían faltar las estadounidenses de George Peabody (Baltimore) y la de la Universidad de Yale, la Nacional de Francia o la del Palacio Nacional de Mapra en Portugal.
Lo cierto es que hoy quiero hablar de otra: la Biblioteca de Cebolla. Una minúscula y desconocida, como tantísimas otras que cumplen con atender dignamente a una modesta población de unos 3.000 habitantes, que desgraciadamente se ha hecho famosa por haberse inundado.
Los hechos tuvieron lugar el pasado sábado 8 de septiembre, cuando tuvo lugar una repentina y brutal riada que arrasó con esta localidad de Toledo. La tromba de agua se cobró la vida de una persona y destrozó calles, parques, mobiliario urbano y cerca de 70 viviendas quedaron gravemente dañadas. Pero la crecida del arroyo Sangüesa tampoco perdonó a la biblioteca municipal.
De un fondo de 12.000 ejemplares sólo se salvaron 2.000, gracias al esfuerzo de los vecinos que se metieron en el fango al día siguiente para recuperar lo imposible. Pero las aguas no solo se llevaron 10.000 libros, que ahora nadan en algún lugar del Tajo, sino el trabajo de su bibliotecaria a lo largo de 18 años, María José Olivares.
Escuché cómo la entrevistaron en varias emisoras de radio y cómo la embargaba la impotencia y la tristeza “qué pena, qué pena…yo he llorado mucho y los usuarios también”, decía. Especialmente lamentaba la pérdida de la colección infantil con cinco Premios María Moliner, porque eran una joya a la que los niños accedían a ras de suelo: “ediciones muy bonitas con ilustraciones cuidadas”, señalaba.
Sin embargo, el lado bueno de esta historia ha sido la solidaridad, ya que cientos de personas e instituciones se han hecho eco del llamamiento que hizo María José, para repoblar la biblioteca. Por ejemplo, la municipal del Rincón de la Victoria ha enviado un centenar de ejemplares. Se trata de quien pueda haga donaciones de libros para volver a empezar a catalogar desde el número 1. “Aunque con los medios informáticos ahora se haga más rápido, pero es que nos hemos quedado hasta sin ordenadores ni mobiliario…”, explicaba.
Una reacción que no se esperaba y que la ha desbordado, pero que en cualquier caso agradece, porque demuestra la buena voluntad de muchas personas y el amor que sienten por los libros.
Una pasión que esperemos sea contagiosa. Lean, regalen y compartan libros. Vayan a la biblioteca o creen la suya propia. Más allá de las páginas se esconden historias tan emocionantes como esta.
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Fuentes:
http://cadenaser.com/programa/2018/09/12/la_ventana/1536757218_900200.html