Un olor un tanto peculiar se respiraba en el ambiente. Por la derecha el aroma de un bocadillo de jamón, queso y tomate le golpeaba su fosa nasal derecha. Por su izquierda, un perfume de mujer se mezclaba con el olor desprendido de una bolsa de patatas fritas y casi hacía gritar de desesperación a su pituitaria amarilla.
Si direccionaba su inspiración al frente, al pasillo del avión, la sensación era otra; era como si por mucho que respirara, el oxígeno no llegara.
Una de dos, o había demasiada gente, demasiados pulmones que llenar o los tanques de oxígeno del sistema de ventilación no funcionaban como debían.
Con ese pensamiento en la cabeza empezó a cerrar los ojos lentamente. Parpadeos lentos a modo de fotografías mentales cada vez más distanciadas en el tiempo y paulatinamente sustituidas por ensoñaciones ya entrando en la inconsciencia.
El vuelo duraba tres horas. Era uno de esos no lo suficientemente corto como para no darte cuenta, pero tampoco tan largo como para desesperar a unas piernas encogidas durante la travesía.
Cuando llevaban una hora y media volando una turbulencia gigante le hizo despertar. Debían estar cruzando los pirineos, tormenta de nieve y vientos fuertes a unos miles de metros por debajo de ellos eran suficiente para revolver el aire que los servía de sustento.
Y entonces, otra turbulencia aún más grande hizo abrir algunas puertas donde se guardaba el equipaje de mano y un par de niños comenzaron a llorar histéricamente mientras algunos bolsos caían en las cabezas de algunos pasajeros.
El piloto comenzó a hablar con voz extremadamente calmada:
-Estamos atravesando una zona de turbulencias extremas. Por favor abróchense los cinturones y no vayan al servicio hasta que hayan pasado. A la gente que es muy nerviosa les digo que nunca en la historia de la aviación un avión se ha estrellado a causa de turbulencias.
La mezcla de olores de hacía un rato había desaparecido completamente. Nadie comía.
El avión ahora se movía violentamente. Desde la parte de atrás donde se sentaba la perspectiva era bastante dantesca. Por un momento le hizo recordar a la lavadora de su casa, era como si el fuselaje del avión estuviera rotando, alas del avión violentadas por nubes sin jabón y viento sin clemencia.
-Perdona, ¿sueles volar mucho?
La mujer a su izquierda le preguntó clavándole la mirada, casi rogando una respuesta tranquilizadora.
-Sí, la verdad es que vuelo bastante, aunque a España ya hacía medio año que no venía.
-¿Y estas turbulencias son normales? –los ojos de la mujer casi suplicaban un sí.
-Pues la verdad es que en toda mi vida es la primera vez que se abren las puertas del equipaje por turbulencias. Pero creo que eso depende más de la calidad de la cerradura que de otra cosa. No creo que esta compañía se haya preocupado de montar unas cerraduras consistentes. Mira, si no hay espacio entre asiento y asiento y yo no soy una persona alta.
-Ah bueno, es que yo solo he cogido un par de vuelos en mi vida y no se movieron nada.
-Bueno no se preocupe señora, es por el temporal. Ahora en breve cuando crucemos los pirineos seguro que se van las turbulencias.
La siguiente turbulencia no fue una turbulencia, fue más bien un descenso repentino de unos cientos de metros. El avión comenzó a agitarse más violentamente y a caer en picado. Ya no era un balanceo, era más bien como un terremoto. Todo temblaba, todas las puertas de los equipajes estaban abiertas y las bolsas ahora no paraban de caer.
El avión seguía descendiendo a toda velocidad. Los motores no se escuchaban. Lo único que retumbaba eran las vibraciones del fuselaje y las puertas golpeando las cerraduras. Las mascarillas pendulaban sobre las cabezas de los pasajeros y extrañamente ninguno se las había puesto. La gente estaba concentrada en sus acompañantes. Gente incluso desconocida se había dado la mano y se decían palabras tranquilizadoras.
Justo después de mirar a la mujer a su izquierda a la que había agarrado de la mano sin darse cuenta y como si fuera a cámara lenta escuchó por los altavoces de nuevo al piloto, otra vez con voz serena.
-Prepárense para impacto.
Al escuchar las palabras y después de un larguísimo suspiro, cerró los ojos. Más que miedo, lo que le invadió fue tristeza.
Pensó en su mujer, pensó en todas esas discusiones inútiles y se dio cuenta de que el hecho de luchar por tener la razón en muchas situaciones había sido lo más absurdo y que el ego no servía absolutamente para nada. Se arrepintió de todos esos momentos con ella en los que había elegido a su ego por encima de la felicidad.
Luego pensó en su trabajo fugazmente y en un segundo se dio cuenta de que no significada absolutamente nada para él y de nuevo se arrepintió de haber pasado tantas horas alejado de su casa.
Entonces y con los ojos cerrados empezó a llorar. Se estaba imaginando a sus hijos en escenas cotidianas de su día a día. Se los imaginaba lavándose los dientes por la noche, uno de ellos subido a un taburete porque casi no llegaba al lavabo. Se los imaginó sentado en la mesa desayunando sus cereales favoritos.
Las lágrimas ahora bañaban completamente su cara mientras seguía con los ojos cerrados. Era como si mientras mantuviera los ojos cerrados viendo a sus pequeños, todo estaba tranquilo.
Y entonces y antes de que todo se volviera oscuro un último pensamiento se le pasó por la cabeza.
Mis hijos estarán bien.