Sentado, tranquilo y con la mirada perdida se había cansado de buscar.
Durante décadas había estado deambulando hacia un horizonte imaginario y esperanzador lleno de congéneres y sin embargo lo único que había encontrado habían sido miradas de pánico a su paso.
Empatía apuñalada por cada una de ellas.
Aquella tarde, al atardecer y pensando en su propia desdicha, una mujer se había acercado sin miedo alguno y lo contemplaba a escasos metros. Su ojos, clavados en lo suyos, no reflectaban miedo, más bien compresión y pena. De pie, con las manos en los bolsillos, sonriendo levemente y con las cejas levantadas, lo miraba sin pestañear.
Miradas como esa ocurrían en el mundo entre madres e hijos cada segundo pero él nunca tuvo la oportunidad de sentir ninguna.
Fue la primera vez que alguien lo miró de verdad. Fue la primera vez que sintió el calor de un ser vivo y mientras su respiración se entrecortaba y sus enormes ojos se empañaban mezcla de vergüenza y alegría, un pensamiento lo abrazaba y calentaba tanto o más que los rayos del todopoderoso sol a sus espaldas:
Quizás aún no era tarde, quizás su corazón dañado estaba a punto de bombear vida de nuevo.