Re/fa/la
La
Re/sol/si/mi
Do/sol/la/mi
Los tres primeros acordes tenían que sonar poderosos. Deberían llenar la sala de limpieza y fuerza y sobre todo el último de ellos tenía que mantenerse sólido y delicado a la vez. Con estos tres acordes empezaría a tocar una de las obras más difíciles para violín jamás escritas. Notas resonando en su caja torácica. Notas marcando el destino de su vida, metrónomo mental marcando el ritmo de su vida.
Llevaba dos horas echado en la cama. Eran las dos de la mañana y no paraba de imaginarse la escena del día siguiente.
Durante toda su niñez y adolescencia siempre lo había tenido claro. Horas de estudio, horas de sacrificio, horas de soledad y al mismo tiempo y paradójicamente, horas de placer.
La escuela musical más prestigiosa del mundo. Su único objetivo casi desde que tenía uso de razón y comenzara a mostrar cualidades para el violín y sus padres descubrieran que tenía oído absoluto.
Y al fin, llegó el día.
Allí estaba, sentado, violín y arco en mano, esperando su turno.
Repasando mentalmente las cadencias, concentrado con los ojos cerrados, escuchando la obra en su cabeza. Entrando en sentimiento, conectando con lo que Bach quería expresar con cada frase, con cada nota, con cada acorde.
Una hora antes su profesor le llamó para darte un último consejo y tranquilizarle.
No te tenses, relaja el cuerpo, transmite sentimiento, no te pierdas en las notas. Cuida cada una de ellas, mímalas. La técnica la tienen muchos, ellos no buscan eso. Joshua, siente.
Tristeza y melancolía al principio, pero con rotundidad.
Continúa con fragilidad y vulnerabilidad. Fragilidad que se va convirtiendo poco a poco en solidez.
Luego, potencia y despertar, usa todo el arco marcando cada sonido sin prisa por pasar a la siguiente nota.
Acelera y luego de nuevo otra vez fragilidad como si volvieras a dormirte.
El sueño comienza piannísimo y vas en crescendo hasta que llegen los arpegios cada vez más sonoros, cada vez más vivos hasta que al final llega la explosión incontenible.