Nuestro protagonista dormía profundamente. La cama era enorme y el edredón blanco y negro a juego con su armario oscuro y moqueta blanca, adivinaban un gusto minimalista.
Tres horas antes y antes de dormirse, había dejado divagar su mente por decenas de lugares y había volado de pensamiento en pensamiento perdiéndose en su inacabable imaginación. No era de los que al meterse en la cama se quedara dormido en poco tiempo; siempre se giraba y giraba buscando el reconfortante frío de la almohada contigua.
Finalmente, echado sobre su costado izquierdo con uno de sus brazos rodeando la almohada y su mano derecha doblada y apoyada como un anclaje en su cadera, se transformó en subconsciente.
Y entonces....
Abrió los ojos y las luces en la oscuridad adornadas con el horizandote curvado le hicieron ver la realidad con absoluta claridad.
Soy un ser humano, nada más
Todas esas luces, todos esos lugares iluminados, todas esas personas distrubuídas por el planeta.
Homínidos en su máxima expresión evolutiva concentrados en pequeños trozos de corteza terrestre dónde la empatía olvidada los distancia con fronteras sin sentido, barreras mentales absurdas y sentimientos de pertenencia equivocados.
No eres más que un poco de vida organizada, una casualidad maravillosa en el universo infinito. Eres, simplemente, la especie más evolucionada de uno de los millones planetas rocosos que orbitan una de las millones de estrellas del cosmos. Nada más.
Catalán, español, nigeriano, japonés, mejicano, hindú.
Subnormalidades ficticias creadas por el afán de sentirnos parte algo que carece de sentido. Algo que nos desafía en lo pasional y esconde nuetra racionalidad. Raciocinio ofuscado por banderas acotadoras de territorio.
No eres más que vida, misterio y casualidad.