Y juré, me prometí no volver a perderme en el camino, que no dejaría mi esencia una vez más por la voluntad de otro ser, pero...
Aquí estoy, frente a un espejo, ante un reflejo que no reconozco, cuya mirada me roza por todos y cada uno de los bordes de mi piel, una mirada que se siente como filosas estacas clavándose en lo más profundo de mi.
Mi cuerpo pide a gritos que lo deje salir, “Basta de esta capa que opaca mi sentir, mi brillar."
Siento lágrimas correr por mi rostro pero no puedo observarlas en el reflejo, ¿Acaso me he vuelto fría? ¿O estoy imaginando cosas?
Que dolor tan desesperante, te oprime el pecho, te rompe las costillas, te corta la respiración y ¡Maldita sea! Te deja como un simple bicho tirado en el suelo pensando en la infinidad... Pensando es que sólo eres del montón para el resto del mundo y, que, no importa cuánto te esfuerces por cambiarlo, no importa lo que hagas para ocultar lo que hay dentro, siempre volverá, tal cual como un boomerang llegará.
Como un tornado, te golpea. La realidad te destroza, y es que, engañarte, a tu cerebro, a tu corazón, no, eso no funciona; tarde o temprano cada fibra de ti aclamará lo que quiere, lo que desea.
¿Valió la pena encontrarme en esta cápsula que quise hacer de mi vida nuevamente? Aún no lo sé. Me perdí a mi misma en el camino, me deje llevar por algo de lo que no tenía certeza, me dolió, pero aquí estoy, observándome, prometiendo nuevamente que no sucederá ni una vez más, jurando que ya no me alejaré jamás de mi identidad... Justo a tiempo para que el ciclo pueda volver a comenzar.