La soledad es objeto de muchos análisis realizados por los estudiosos de la conducta humana. Es precisamente, en los terrenos de la ciencia psicológica y de la psiquiatría, donde se le ha estudiado con más profundamente por ser una manifestación clínica de muchas enfermedades de tipo mental. Es parte del cuadro clínico de las enfermedades depresivas, de algunos tipos de psicosis (Maniaco-depresivas), y de algunos cuadros de la geriatría, precisamente por ser aquí donde se presenta en una forma mas descarnada y quizás, por ser los momentos de la vida del ser humano, donde ya todo está llegando a sus etapas finales.
Este estado de saparatidad del ser humano con respecto a sus iguales, es sentido de manera consciente o inconsciente por todos en cualquier momento de nuestras vidas. A la soledad se le han compuesto las más variadas canciones, y se la ha asimilado al “dolor desgarrador” que produce la separación del “ser amado”. En épocas de crisis amorosas el binomio Amor – Soledad se vuelven uno. Muchos cantos al amor se han convertido en himnos a la soledad y al sufrimiento de los amantes. Los hospitales psiquiátricos se encuentran llenos de pacientes cuyo sufrimiento se puede sintetizar en la soledad y en el estado de saparatidad que sienten con su medio. La soledad es un miedo no entendido por la mayoría de los hombres, pero es un estado por el que muy pocos quieren pasar.
Ahora bien, nuestros juicios se encuentran formados (Deformados) porque vivimos en una sociedad que tiene como pilares de su existencia la propiedad privada, el lucro, el poder y el consumo. Adquirir, poseer y lucrar son los derechos inalienables del individuo en la sociedad industrial de nuestros tiempos.
Las normas con que funciona la sociedad también moldean el carácter de sus miembros y los patrones culturales pueden desempeñar un gran papel en la determinación de variables de la conducta humana. Estos patrones incluyen no solo normas morales y costumbres, sino patrones mas sutiles de motivación y relaciones interpersonales.
Las variaciones en el juicio y en el sistema de creencias (Religiosas y filosóficas) han sido integradas en otros patrones culturales y como resultado de esta síntesis, hoy día se comprenden mejor los efectos del patrón cultural sobre el desarrollo de la persona. Los valores que un ser humano acepta, introyecta e incorpora tienen mucho que ver con las actitudes que ha de asumir ante cada una de las situaciones que le toque vivir, afectando el desarrollo sensorial del individuo. A medida que evoluciona el desarrollo sensorial, el organismo social evoluciona de forma paralela en la tarea de establecer un vínculo entre el individuo y su entorno social.
Sin embargo, esta reacción adaptativa de tipo social choca con las estructuras ideológicas donde se desarrolla la actividad practica del individuo. Las estructuras sociales diseñadas por el hombre no han sido capaces de liberar la tensión que provoca la inserción del individuo a su praxis social. Desde su entrada a la estructura familiar, el individuo se encuentra inmerso en una competencia que es reflejo de la competitividad de la sociedad en su conjunto. La estructura social nuclear constituida por la familia es el primer escenario donde se aprenden las reglas del juego social y donde se producen los “ciudadanos” que luego mantendrán la legitimidad del sistema socio cultural establecido.
En este contexto, desde temprana edad, el individuo siente un rechazo manifiesto en su incapacidad de integrarse al mundo de exigencias de los patrones culturales enseñados por la estructura familiar, lo cual produce una reacción adaptativa y defensiva de características inconscientes y que se enfrentan al conjunto de necesidades propias de todo individuo que intenta ganar un espacio en la sociedad donde le toco existir.
La personalidad del individuo se ve en la necesidad de estructurar respuestas globales a situaciones que experimenta como amenazantes para su existencia organizada. Dentro de este conjunto de respuestas se encuentran la angustia, la vergüenza, el miedo, etc. Y es precisamente la angustia la principal cualidad que definirá toda la existencia del individuo en su comportamiento social.
La angustia se caracteriza por ser un afecto de incertidumbre e impotencia ante una amenaza que no es percibida del todo o que lo es en forma vaga e imprecisa. El ser humano va adquiriendo la cualidad de tener por lo menos una vaga aprensión y, en ciertas circunstancias, la advertencia clara e inequívoca de su impotencia ante las contingencias de su vida social. Tiene conciencia de su vulnerabilidad y finitud. Y, aunque la angustia es una experiencia humana universal e ineludible por que cada desarrollo individual entraña la necesidad de separarse de las fuentes de seguridad, de acometer situaciones nuevas y cada vez mas complejas, de internarse en lo desconocido y escoger entre distintas posibilidades; la angustia, también es producto, y se expresa en formas patológica, cuando los grados de hostilidad socio culturales enfrentan al individuo a una progresiva desvinculación de éste con su entorno social.
Como resultado a esta situación hostil el hombre moldea la visión de si mismo. El desarrollo de esta autoimagen es un proceso dual, dependiente de un mecanismo estrechamente engranado en las fuerzas interpersonales, que modelan la percepción de uno mismo y de su ambiente social, psicológico y cultural y que, a su vez, pule, perfila y condiciona la autopercepción.
Producto de esta situación aprensiva la persona empieza a desvincularse de sus procesos vitales, negando su importancia y su valor y sometiéndose a una intensa experiencia interior relacionada con el aislamiento en un sentido tanto físico y geográfico, como social; resultante de la insatisfacción de la necesidad básica de los seres humanos de experimentarse vinculados a otras personas.
En la sociedad contemporánea se supone que el modo de existencia humano está enraizado en el dogma de que el hombre es básicamente perezoso y pasivo por naturaleza, y que no desea trabajar ni hacer nada, a menos que sea impulsado por el incentivo de una ganancia material, o por el hambre o por el temor al castigo. Casi nadie duda de este dogma, el cual determina nuestros métodos de educación y de trabajo. Y son precisamente este conjunto de factores los que determinan el estado de saparatidad y soledad en los que se encuentra inserto el hombre de nuestros días.
El trabajo, cualquiera que sea la aversión que produce en la persona, es una experiencia valiosa y significativa. Es un puente que se tiende hacia la realidad, es una seña de identidad personal y tiene implicaciones psicológicas de grandes beneficios para el individuo. El trabajo realizado por una persona es un excelente marco de referencia dentro del que opera el sujeto y, el cual nos proporciona una posibilidad de dialogo al estructurar una situación que facilita el contacto. Sin embargo, esta experiencia vital del hombre se encuentra en una situación de alienación tal que le impide un contacto efectivo con el mundo que crea, social y material.
Las mismas características son asumidas por la educación que forma las personalidades dentro de las diversas sociedades en las que el individuo se desenvuelve. La falta de amor, de interés y aceptación autentica por la individualidad de cada miembro de la sociedad, llena cada uno de estos procesos vitales del hombre, de las condiciones y variables que le conformarán como un individuo aislado.
Las tendencias estructurales de la sociedad moderna y el carácter manipulativo de sus técnicas de comunicación, confinan a los hombres en ambientes y rutinas estrechos que les hacen perder todo sentimiento firme de integridad e identidad. Sumergido en sus rutinas, el hombre, no trasciende ni tiene idea de la estructura de la sociedad ni de su papel en ella. Los ambientes sociales, en donde se mueve el hombre, son una estructura compuesta de pequeños compartimientos, y la gente que se ubica en uno de ellos tiende a aislarse de la que pertenece a otros.
Es indudable, que solo un cambio fundamental del carácter humano de un predominio de los modos de vida inculcados por la sociedad competitiva a un predominio de un modo de vida que implique la comunión de intereses vitales del ser humano, puede salvar al hombre de una virtual catástrofe psicológica que lo aísle de la convivencia social, propia de su esencia natural.
Este conjunto de transformaciones solo son posibles si creamos otro tipo de sociedad que esté mas en equilibrio con las condiciones que necesita el hombre para la satisfacción de sus necesidades vitales, no solo de tipo material, sino también de tipo social y psicológico. Sin embargo, para la posible creación de una sociedad nueva se hace necesario advertir las dificultades casi insuperables a que debe enfrentarse este intento. La vaga conciencia de esta dificultad probablemente es una de las principales razones de que se hagan muy pocos esfuerzos por realizar los cambios necesarios. La dirección hacia donde apuntan estas dificultades va dirigida hacia la perpetuación de los valores culturales e ideológicos que mantienen el estado de convivencia propia de una sociedad alienada por el consumo irracional. Pero aun así, las dificultades a vencer para la construcción de una sociedad mas humanizada, que de “respuestas humanas” al ser humano y que permita crear las condiciones materiales para una convivencia social basadas en la solidaridad y el respeto para el ser humano consigo mismo y para con el prójimo. Una sociedad que aliente el surgimiento de otro tipo de hombre con disposición a renunciar a todas las formas de “tener”, para poder “ser” plenamente y, que sienta la seguridad y un sentimiento de identidad y confianza basados en la fe en lo que uno es, en la necesidad de relacionarse, interesarse, amar y solidarizarse con el mundo que nos rodea, en vez de basarnos e el deseo de poseer, dominar el mundo, y así volverse esclavo de sus posesiones.
La creación de una sociedad que permita el desarrollo de la imaginación del hombre, no para escapar de las circunstancias intolerables, sino para anticipar las posibilidades reales, como medio para suprimir las circunstancias intolerables... Este es el esfuerzo que nos exige la conciencia que tomemos de los que somos, de lo que son los demás, y de la importancia de reconocernos como seres humanos, es decir, como seres sociales; que “somos” en la medida en que “el otro” también es.
“En cuanto alcance el límite de lo soportable no habrá más que abrir la puerta y estaré fuera.” (Herman Hesse: El lobo estepario)