Fuimos a ver el Cerebro Visitable, una atracción científica que muestra cómo relampaguean las sinapsis y cómo se iluminan las neuronas. Daban pastelitos de mielina y era todo muy bonito.
Resultó que éramos vagas ideas, trozos de recuerdos, ensoñaciones de ese mismo cerebro de exposición.
Mi madre, tan romántica, exclamó:
-¡Me hubiera gustado ser real!
Y mi hermana añadió:
-¡Quiero tener una vida!
Como siempre, mi padre no entendía lo que estaba pasando. Repetía una y otra vez, sin dejar de palpar las membranas de la célula que nos envolvía:
-¡Que nos devuelvan el precio de la entrada!