En mi pantalla aparece un ángel,
uno impoluto, portentoso, magnífico.
El ángel,joven, con una voz henchida,
entrenada en los coros celestiales,
me habla sin ambigüedad y sin palabras.
Qué debo hacer, qué pensar
qué sentir y qué decir.
Si así lo hiciera
tengo derecho a un cielo algodonado,
sin apetencias, sin altisonancias.
Un profundo perfume, que recuerda los lirios,
se desprende del vidrio,
y una luz inefable compite con la led de mi pantalla.
Me hipnotiza.
Alargo mis manos,
no lo logro.
Vuelvo a caer.
Con gran lástima debo ir
otra vez a patear la calle,
buscando el pan,
entre el barullo de los gritos humanos
vadeando las maquinaria anticuadas.
Debo seguir,
abochornada,
acumulando los puntos de la gracia.