Ya no visto la cómoda piyama, ni me importa el estado de la despensa, ni los partes de los muertos e infectados.
Es un acto de magia, maravillosa mente.
Es importante imaginar cierto tono, un justo tono, del azul de cielo.
Ubicar ese color en la memoria.
Preciosa la amalgama de la gama de azules con las fracciones, con las migas, del tiempo.
Un musical de acentuaciones y degradaciones en un ritual eterno.
¡Qué de caprichos en las alturas de las nubes y qué exactitud con las horas en las que pasa el viento!
Ya siento el calor del sol, más fuerte en mis pies descalzos.
Siento ganas de correr hasta la orilla…
No, me mantendré en la sombra.
No abriré los ojos, que no se junten con ellos mis calculadores pensamientos.
Solo respira, como aquel pájaro … ¿Qué hay que saber de las líneas de esa rama? -Guía y reprocha -alerta, por mi bien- mi mente.
Después de un corto sueño me incorporo calmada.
Agradezco las manos que tejieron mi techo.
Esas manos curiosas que aprendieron jugando, que sangraron, obtusas, buscando sujetar lo indominable.
Saludo al hombre que no veo.
Él agita su derecha, generoso.
La tarde continúa su rápido paseo.
Debe tintar los cielos,
oscurecer las hojas,
debe llevarse al viento, que no mueva la arena,
que las venas de las sabias se aletarguen.
¡Está tan afanada siempre! ¡La tarde bella!
A la voz de la tarde los seres se encaminan,
Solo una vez se ha creado una señal así, ¡qué silente, qué dulce y potente!
Aunque algo dentro de mí -no sé qué- proteste,
no tengo más opción que seguir al perro.
Ya sé lo que eso significa.
Regreso a la actitud ecléptica.
Negocio, de mil maneras, las distancias que separan mi mente de mi cuerpo.