Se dirigió a su lecho de muerte, dejó el cuerpo inerte y cerró los ojos.
Tomó conciencia de cada parte de su cuerpo y se desprendió de ella, una a una, hasta que dejó de sentirlo.
Tomó conciencia de cada parte de su vida: su casa, su esposa, sus hijos, sus padres, sus amigos, su trabajo…, y dejó de sentirlos. Percibió, incluso, sin proponérselo, la vida de cada una de las víctimas de su abandono voluntario, sin él de por medio, y luego dejó de sentirlos.
Quedó a solas consigo mismo, con su más pura esencia, con aquello que es en sí mismo, sin vínculo.
Y, ahora que ya no había pensamientos ni emociones, comenzaron a emerger sensaciones. A estas no las podía suprimir voluntariamente. Parecía que ellas eran la última verdad genuina. De tal modo, prestó atención.
Allí había ira, que al surgir tomó la forma de personas y situaciones a las que él había culpado de su malestar. Allí había odio, rencor, envidia, dolor, angustia, culpa… Y cada una de estas emociones tenía asociada una forma determinada.
Las afrontó con coraje. ¡Total, ya estaba muerto! Y dejó que fluyeran por encima de su resistencia, hasta que se esfumaron, lentamente, una a una, liquidando en el proceso el vínculo con la forma de donde se sustentaban.
Entró en una potente irremediable paz.
Cuando se estaba dejando llevar por la ausencia de todo vínculo, algo nuevo pasó. Un amor infinito inundó su cuerpo. No había alguien que lo sintiera ni alguien a quien dirigirlo. Pero ahí estaba. Fluía libre, provocando un gozo extremo.
Pasado un rato de intensa atención, este amor también se diluyó.
¡Quién hubiera pensado que, tras el amor, quedaba algo!
Pues sí, y este poso era el mismo que había sido impulso en el sentido opuesto, cuando todo comenzó a desarrollarse, cuando la mente y las emociones se proyectaron creando forma.
Pero ahora estaba en la trastienda. Ya no había ni siquiera amor.
¿Qué quedaba? Lo que siempre hay, lo que nos sustenta.
Paz.
Paz y Nada eran lo mismo. Y eso era todo.
Detenido ahí, sin alguien sintiendo algo. Un estímulo rompió su inercia.
—Papá, ¿estás bien?
Su hijo acababa de abrir la puerta de la habitación y, asustado, se acercó a él para comprobar que seguía vivo.
Los ojos del padre se abrieron. Una sonrisa surgió de su gesto. Se incorporó y cogió al niño en sus brazos.
—No te preocupes —miró a los ojos de su hijo como si fueran un espejo, como el cuaderno de apuntes de la lección.
—¡Vaya susto! ¿Qué te pasó?
—Solo quiero que escuches algo, y ten por seguro que llegará el momento en que lo comprobarás, pero mientras eso sucede, te pido que confíes en mí y lo apliques en tu vida. Nada más importa
—Dime, papá.
—Al final, solo nos quedará lo que dimos. Y eso es lo que somos.