Fue hace unos años. Yo estaba medio recostada sobre la mesa de billar, sujetando el palo con mi mano derecha y moviéndolo entre dos dedos de mi mano izquierda, apoyada sobre el tapete.
Miraba la bola blanca, la bola a la que pretendía golpear, el taco, el agujero de la mesa, y seguía moviendo el palo entre mis dedos, confiada… ¡en que fallaría!
Me enteré después de que el dueño de ese local tenía varios torneos de billar ganados. Entretanto, desde la barra de aquel café desierto, quien para mí aún era el camarero me dijo:
—Así, fallarás. Si haces lo que te digo, la metes.
Mi respuesta, obviamente, fue:
—¡Claro, por supuesto, dime!
—Olvídate de todo lo que ya tienes hecho. Ahora, simplemente, respira, mira la bola a la que quieres golpear y tira.
Ni lo pensé. Miré la bola (mi mirada no era neutra, yo sabía lo que pretendía), respiré y tiré.
Pues sí. La bola blanca rodó, pegó a la otra y en un momento esta se había colado limpiamente por el agujero.
Yo ya había calculado antes todo; ya tenía el objetivo, la postura, la situación. ¿Qué faltaba?
Respirar y soltar.
¿En qué había fracasado siempre, yo, mediocre jugadora de billar? En soltar, en soltar…
—Se supone que me deberías haber indicado una estrategia —le dije después.
—Solo te faltaba soltar. La estrategia ya la tenías definida, pero no confiabas en el proceso —contestó—. Ahí es donde falla todo el mundo.
En este caso fue el billar, pero, ¡qué mas da el medio! Billar, diana, un sueño…