«Tengo derecho a ser como soy,
Tengo derecho a equivocarme
Tengo derecho a darme mis tiempos…»
En meditación, estoy sintiendo la aceptación y comprensión de mi Ser Superior. Esto me implica aceptarme. ¿De quién más podría querer esto?
Mi Ser Superior es la parte perfecta de mí. El me acepta, Él me espera. No me juzga. Entonces, ¿quién podría juzgarme?
Bien, pues percibiendo todo esto de Su energía, voy sintiendo una conexión en mí. Y, de repente, tomo consciencia: Me estoy haciendo amiga mía… Entonces, lo descubro: ¡Yo no era mi amiga! ¿Cómo podría funcionar nada en mi vida? Ahora todo puede fluir. Si soy mi amiga, fusiono mis polaridades, y si logro esto, entonces Soy Uno con el Todo.
Lo único que me ha separado siempre de mis objetivos no era más que yo misma, lo único que me ha separado de cualquier otra persona no era más que yo misma.
Sigo percibiendo y siento que todas las emociones pendientes son el muro que separa mis anhelos de mis logros. Pero, ¿quién tiene razón, la que anhela o la que dice «no»? Ninguna. Son dos partes incompletas. Son dos piezas sueltas sin conexión. No son más que energías nimias, triviales, flotando en el aire, fusionándose con semejantes. No hay fuerza ni poder en ellas, son motas de polvo insignificantes flotando en el todo, perdiéndose en la nada.
Sin embargo, existe un «yo» que se completa, que se autocontiene, que es principio y final, en el que todo existe. Sólo es cuestión de fusionar las partes, vivir en ese «yo» y realizarse constantemente por el único hecho de Ser.
Y, mientras voy comprendiendo todo esto, recibo en mi interior, esta propuesta:
«Respira…
Recoge, en cada inhalación, Luz, desde tu coronilla. Que cada inspiración sea la integración de tu Ser Superior. Lleva Su Luz hasta tu corazón, y permite que actúe la Llama en la que se ancla, mientras visualizas esta energía expandiéndose por todo tu cuerpo, tu ser, tus emociones, tus pensamientos. Detente al hacer esto… Tú ahora no estás… Obsérvalo simplemente…
Y expira…
Envíale de nuevo todo lo que abandonas, todo lo arraigado en ti, todas las partículas ínfimas que entorpecían Su expresión a través de ti, y permite que lo trasmute. Detente... De nuevo no estás… Solo céntrate en Su existencia…
Y, una vez más, inspira…»