¡Ese momento en el que, sin importar lo que pase, todo es perfecto..!
En ese instante no hay pasado, no hay futuro ni, por lo tanto, un presente entre ellos en el que estar atrapado.
Sólo existe el fluir suave, sin conflicto.
Y, de repente, uno advierte que ese instante es todos los lugares y todos los tiempos.
Y todo es perfecto.
Ese momento, ese instante santo… vale la pena una vida entera de tropiezos para descubrirlo.
Porque una vez se haya ido, que se irá (una y otra vez), ya nada es lo mismo. Las rejas de la cárcel del tiempo descubren su mecanismo, y desde ese instante podemos entrar en el juego a nuestro antojo en la certeza de que, por definición, estamos salvados.