Un día me encontré un cartel con estas palabras grabadas:
«Salida por la entrada».
Me reí todo lo que pude,
pero aquello resultó ser más que una anécdota.
Ahora lo comprendo: Así es la vida.
Abrimos la puerta de entrada, y al salir se abre sola; la misma puerta.
Salimos desnudos, descalzos…, sin defensa.
Tenemos que pisar lo que hemos tirado, devolver lo que hemos cogido,
y recuperar lo que hemos entregado.
Tenemos que mirar a la cara lo que fuimos.
Entonces, antes de dar el paso definitivo que nos permite partir,
volvemos la vista hacia lo andado,
recordamos las vivencias, los amores, los odios, los enfados, los castigos, los perdones, los regalos, las deudas…
y comprendemos.
Nunca entramos,
nunca salimos.
Nuestro viaje fue a través de nosotros mismos.
De repente, una ola de amor y compasión nos envuelve.
Estoy en cada uno. Todos son yo.
Entonces, inevitablemente, las lágrimas se liberan en la catarsis final.
Caen las defensas y solo eran peso.
Ellas no eran nada, el enemigo nunca existió.
El mundo está perdonado.
¡El mundo soy yo!
Se devanó la madeja
(que yo misma lié)
al fin.
Gracias por tanto amor.
A veces desordenado sí, pero…