El camino de la novela es difícil. La tendencia es a pendular, como en tantas cosas. Uno tiende a quedarse en el intimismo, en la observación de la propia sique. Y cuando escapa de eso, tiende a refugiarse en el personajismo. Tiende a dejarse aturullar por un fárrago de personajes. A dejar que los personajes lo invadan, sean o no relevantes. A que los temas se transformen en personajes. La via di mezzo es la solución. La tan simplista via di mezzo. Ni frío ni calor. Ni gordo ni flaco. Ni religioso ni ateo. Es cierto que en general la centralización de las ideas es reduccionista, burda. Pero en este caso tengo la impresión de que funciona. Hay que crear un número limitado de personajes. Pocos personajes está mal. Y muchos personajes está, también, mal. Por eso la literatura no es la realidad. El realismo no es un atributo inherente a la novela. Y mucho más: el realismo, la verosimilitud, lejos de ser atributos, son limitantes de la novela.
Escribir resulta, tal vez, una forma ordenada de hablar solo. Uno quiere discutir de un número infinito de temas, pero no tiene con quién. En realidad, uno no tiene con quién discutir siquiera de los temas más básicos y mundanos, como política o cine. Claro, para hablar solo basta la mente. ¿Para qué escribirlo? Para darle un orden. Para verlo. Para establecer una distancia entre el emisor y el receptor. Si le pones tiempo entre medio, uno se transforma en dos. Hablar solo ya no es hablar con uno mismo. Es decir, por un lado, y atender por el otro. Por eso la disquisición intimista tiene tanta presencia. Por eso lo que escribo se va acomodando hacia el diálogo. Y cuando el diálogo se presenta, el tic de la verosimilitud te planta cara otra vez. Porque se te ocurre que los personajes deberían tener voz propia, en el entendido de que voz propia significa que cada una tenga una voz distinta, diferente, distinguida.