La sensación de tener mil cosas que escribir y no escribirlas viene porque uno no escribe lo suficiente. Si no, nos pasaría como a Bubba, el compañero de Forrest Gump. El tipo habló y habló y habló de sus camarones, de los tipos y las formas de pescarlos y las maneras de cocinarlos. Días enteros le dio y le dio a la matraca, y un día, miró para arriba, hizo una pausa, y, sorprendido, dijo hasta aquí llegué, eso es todo, hasta aquí las noticias.
Parálisis por análisis, dice Juan Lafitte. Flujo laminar, dice Silvia. Las cosas se agolpan en la mente, queriendo pasar todas juntas, con la consecuencia de que no pasa ninguna. De tanto pensar, rumiar, considerar escenarios, uno no hace. Pero tal vez esas no son más que excusas, y lo que falta es trabajo. Calentar la silla lo suficiente, golpear las teclas cuanto sea necesario, hora tras hora. Ahi vas a ver que sale.
Después, darle un orden es un problema menor. El problema clásico del escritor es que no tiene qué escribir. Tener demasiado para escribir no debería ser problema, como de ninguna manera debería resultar un problema para un comercio tener demasiada demanda.