Vivimos en un mundo plagado de misterio a la luz del día. El discurso dominante, oficial a veces, oficioso normalmente, hace mucha agua.
Tengo tres grandes misterios para ustedes, de la escena local. Son pueblerinos, de poca relevancia directa para el lector global. Pero como misterio, como pauta general, son de indudable validez y valor.
Curiosamente, los tres tienen que ver con los tupamaros, un micromovimiento seudopolítico que décadas después de su corta vida activa se hizo con el poder en su lugar de origen, y con la fama y la relevancia histórica en entornos académicos y de gobierno, de aquí y de allá. De casi erradicado, a punto pivotal. De mazmorras a tronos. Tal vez no sea tan raro como me parece a mí ahora.
Les presento hoy el primero.
María Urruzola es connotada en plaza. Sin integrar las planas mayores, puede sin riesgos ser considerada dirigente de la misma izquierda que integran los tupamaros. Es, además, relevante en círculos periodísticos, literarios, y de comunicación masiva. Urruzola es, redundando, una importante intelectual y política de la dominantísima izquierda local.
Hace unos meses, Urruzola publicó un libro en el que prueba que los tupamaros organizaban megarrobos muy entrada la democracia. Que, recuperadas las instituciones, los tupamaros seguían asaltando grandes blancos, como agencias de la seguridad social o sucursales bancarias. A ver si fui claro. Urruzola publica pruebas de que el más reciente expresidente, y el actual ministro del interior, seguían organizando robos de alto vuelo a instituciones públicas y privadas hace muy poquito, en plena era democrática, en pleno dominio político de la exitosísima izquierda local. En su momento, hace poco más de una década, el fenómeno llegó a considerarse, un poquitito. La prensa logró interesarse. Se les apodó las superbandas.
El primero de mis tres misterios no es el libro incriminatorio de una correligionaria. No es tampoco la actividad delictiva y violenta de las figuras más, más altas de la política nacional. El misterio es la ausencia de consecuencias. Como si fuera una noticia más, dominó el cotorreo por una semana, y luego desapareció. Como cualquier noticia, fue la única por unos días, e ipso facto dejó de existir.
Asombrosamente, ni el expresidente Mujica ni el ministro Bonomi negaron. Sorprendentemente, no hubo secuelas ni en diarios, ni en radios, ni en canales de televisión. Desconcertantemente, no hubo fiscal que tomara el asunto de oficio, e iniciara una investigación.
No queda nada. No hay periodistas, ni periodismo. No hay fiscales, ni sistema judicial, ni justicia. No hay políticos. Ni, por supuesto, vergüenza.
Urruzola