Atraída por la oscuridad la pequeña caminaba durante la noche, no era extraño para ella despertar cuando todos dormían y jugar a solas entre la oscuridad, aunque que se supiera los bebés no hacían eso. Desde sus primeras semanas de nacida se supo que no era una niña como cualquiera, estuvo gravemente enferma y al borde de la muerte pero la providencia se encargó de mantenerla en el mundo de los vivos aunque de alguna manera no perdió su conexión con las tinieblas, lo que tampoco perdió fue su inocencia y su sonrisa.
Todo a su alrededor era enorme, mientras recorría un camino lodoso persiguiendo insectos y jugando entre arbustos, sonreía, sus pequeños dientes que apenas se asomaban en sus encías rosadas eran de cierta manera graciosos y tiernos, mira alrededor con curiosidad cuando oyó una voz grave que se dirigía a ella
-¡¿Qué haces ah?! ¿Qué haces aquí?
Unos brazos enormes se largaron hacia ella y la rodearon levantando su cuerpecito, la pequeña rió divertida y se pegó al cuello del hombre que la tenía cargada, miró al cielo y señaló las estrellas
-Una y allá otra
-Una- repitió la vocecita.
En sus ojos el reflejo parecía una nebulosa. Contaron estrellas hasta que la pequeña se durmió pero aun en su sosiego ella oía el corazón de su padre que la acunaba en su pecho y la acurrucaba del frio nocturno.
Dedicado a mi padre que solía cargarme y contar las estrellas conmigo cuando no podía dormir cosa que ocurría con frecuencia porque era una niña muy inquieta.