Con el corazón estremeciendo mis cimientos, vi tus ojos acercarse de manera entregada.
Con mis manos te sostuve, como a una mariposa, frágil, temiendo que te escaparas.
Yo, queriendo armarte; te invite a entrar, pero fueron tus manos, sus caricias, las que terminaron de colocar mis piezas en su lugar.
Fue un breve instante de eternidad, de esos que parecen que el tiempo detienen, y al terminar, me diste el mejor regalo, una sonrisa, una de verdadera felicidad.
-Habacuc Márquez.