No teniamos a nadie cuando llegamos, un martes 5 de agosto a las 7 pm a este país, a 7500 kilómetros de casa. Sin familia, sin amigos, sin conocidos, sin trabajo, sin hogar, solamente los ahorros para sobrevivir tres meses, unas cuantas maletas, con el idioma local a medias, y muchas pero muchas ganas de cambiarlo todo.
Tres años despues estaba en mi país, contando mi historia. La mitad de las personas en esa habitación se comenzó a dormir mientras hablaba de mi ausencia durante ese tiempo; me desalentaba hablar y ver que aparentemente no era importante para ellos, a pesar de que los quería y los consideraba mis amigos... pero seguí hablando. Cuando terminé me di cuenta del error que había cometido. Estuve hablando solo de lo bueno, del éxito, pero no comenté mis fracasos o los problemas que tuve durante este tiempo.
No mencioné que la primera semana, mi esposa y yo la pasamos en un motel, gastando unos $70.00 dólares por noche. Sabíamos que necesitábamos contactar a personas desconocidas que por lo menos nos dieran pistas de donde podíamos trabajar o donde alquilar un departamento, pero no sabíamos ni por dónde empezar.
Hasta ahora recuerdo que ese miércoles en la mañana estábamos 4° C en pleno verano. Mi esposa nació en Colombia y yo en Perú; ambos estábamos acostumbrados al clima templado pero en este nuevo lugar la temperatura puede variar hasta 15°C durante un día de verano, cosa que usualmente toma meses en nuestros países. En invierno es más dramático, puede subir o bajar 30°C en un día.
Durante esta primera semana, todos los días caminábamos entre 10 y 30 kilómetros visitando oficinas de apoyo social, la biblioteca, bolsas de trabajo, el instituto local, el centro para recién llegados, etc. La oficina de bolsa de trabajo parecía decirnos lo que ya sabíamos y mirarnos por encima del hombro; imagino que es así por la cantidad de personas que ven a diario pidiendo empleo.
Sin embargo, la oficina para recién llegados si fue de gran ayuda, nos ayudaron con tramites que ni siquiera teníamos en mente, como el de conseguir seguro de salud público, e iniciar los trámites para sacar la licencia de manejo (ese fue otro problema que tomo 2 años para resolver). También nos ayudaron a buscar un apartamento y abrir nuestras cuentas de banco. Para el día jueves, habíamos definido como rutina pasar por la oficina de recién llegados a primera hora de la mañana para hacer las diligencias; por las tardes buscar trabajo, e ir comprar algunas cuantas cosas para cenar. Teníamos que ahorrar por lo que cenábamos cosas ligeras y baratas como atún con galletas y refresco, desde la segunda noche.
El jueves en la tarde tuve mi primera entrevista de trabajo en Tim Hortons y me aceptaron para comenzar a trabajar al día siguiente ganando el pago mínimo, $10.45 por hora. Estaba contento, no pensé que podría conseguir trabajo tan rápido.
Ese mismo día, horas más tarde conocimos de la manera más casual a dos personas que entraron en nuestras vidas para quedarse. Mi esposa es católica y me pidió ir a la iglesia porque su mamá le había dicho que en todas las iglesias ayudan a los recién llegados. Bueno… ahí estábamos pero las puertas estaban cerradas y al parecer no había nadie. Estábamos yéndonos cuando de pronto llegó el padre de la iglesia y le contamos con nuestro inglés a medias que recién habíamos llegado. Él se dio cuenta de nuestra necesidad y nos ofreció un tour por dentro de la iglesia y nos dijo que si nos quedábamos hasta las 7 podríamos pasar la misa de esa hora. Yo estaba cansado y me quede dormido, para variar, durante la misa. Al terminar la misa, una señora se nos acercó y nos presentó a su esposo.
Ellos nos ayudaron de una forma inconmensurable, nos ayudaron a mudarnos a la casa de una de sus amigas para dejar de gastar en hotel, hasta que conseguimos un departamento; nos regalaron la bicicleta de su hijo para movilizarme y una mesa de centro; más aún, ella nos presentó a varios de sus amigos quienes nos regalaron desde cubiertos hasta un ropero y un sofá cama, todo sin pedir nada a cambio, de la manera más sincera, sencilla y con mucha humildad. Gracias a esos gestos, cada vez que conozco a una persona que recién llega, o a alguien que me permite ayudarlo, me dan ganas de darlo todo.
Dejando mi historia de lado y para redondear la idea del segundo párrafo, creo que la mejor forma de contar una historia es empezar por lo difícil. Es así como construimos un puente entre nosotros y el lector, rompemos barreras y mostramos nuestra humanidad. También considero que esto se debe extender a todo, al presentar una idea, o inclusive hasta cuando nos entrevistan para un trabajo. Así, mostramos a la persona que está detrás. Tampoco se trata de hacer un mar de lágrimas y hacer de nosotros un drama. Está bien mostrarse fuerte, pero no está mal mostrarse débil... como todo en la vida, toca balancear este ingrediente.
¿Que opinan? Los invito a contarme la historia de sus vidas.