Frente a la maravilla del cosmos, el hombre se queda extasiado y atónito a la vez, por el proceso de formación y la forma como funciona. Para muchos científicos, la explicación más convincente es que existe un demiurgo, es decir, un creador y ordenador del universo.
Personalmente, soy partidario de dicha tesis, creo que el origen de la vida, de todo cuanto existe no pudo surgir de la nada, sino que proviene de una Causa Eficiente Primera, que no conoce la finitud, por tanto es eterna. Ya Santo Tomás de Aquino en el s. XIII, planteaba esta tesis como una de las cinco vías, para demostrar la existencia de Dios.
Esta tesis, sustentada desde diferentes ópticas, que aplica para el surgimiento de la vida en su expresión más extensa, ha llevado al ser humano a creer erradamente, que su quehacer en este mundo, también fue diseñado y predeterminado, por ese demiurgo.
Personalmente, soy partidario de dicha tesis, creo que el origen de la vida, de todo cuanto existe no pudo surgir de la nada, sino que proviene de una Causa Eficiente Primera, que no conoce la finitud, por tanto es eterna. Ya Santo Tomás de Aquino en el s. XIII, planteaba esta tesis como una de las cinco vías, para demostrar la existencia de Dios.
Esta tesis, sustentada desde diferentes ópticas, que aplica para el surgimiento de la vida en su expresión más extensa, ha llevado al ser humano a creer erradamente, que su quehacer en este mundo, también fue diseñado y predeterminado, por ese demiurgo.
Volviendo la mirada al título del presente artículo cabe la pregunta ¿Dios ha diseñado un proyecto para la humanidad? ¿Existe un plan divino para cada individuo? ¿Existe un propósito preestablecido para cada ser humano en este mundo? La respuesta a las preguntas anteriores es sí, por supuesto que Dios tiene un plan preestablecido para el ser humano, pero dicho plan no es una imposición, es una OPCIÓN, tiene plena libertad, por tanto depende de cada uno tomarlo o dejarlo.
Entonces, preguntas existenciales como: ¿Cuál será el plan divino que debo cumplir mientras vivo? ¿Para qué existo? ¿Cuál es el propósito de mi existencia? ¿Cuál es mi misión en este mundo? Para tales preguntas sólo hay una respuesta: Servir a los demás con pasión, entrega total y dedicación. Ese plan o propósito divino, está definido de manera concreta y precisa en las Sagradas Escrituras. Y si aún quedan dudas, sólo hay que leer atentamente las parábolas, con las que Jesús de Nazareth enseñó didácticamente y reveló su plan a la humanidad.
Lo perentorio y trascendente para el hombre, si elige la opción del plan divino, es preguntarse ¿Cómo puedo servir a los demás con pasión, entrega total y dedicación? Responder y actuar en función de esta colosal pregunta, es el inicio de la trascendencia de nuestro ego, para comenzar un maravilloso viaje espiritual, que conlleva a evolucionar hacia una nueva conciencia, que implica tener propósito, visión y misión centrados y orientados en el servicio a los demás. Lo que le da sentido a la vida y verdadera felicidad al hombre.
¿Qué se debe hacer para darle sentido a la vida y vivir apasionadamente? Los pasos son: primero, asumir libre, consciente y voluntariamente como propósito de vida el servicio a los demás; segundo, siendo coherente con el propósito, definir de manera precisa nuestra visión y misión. Y tercero, comprometerse y actuar cada día en función del propósito, visión y misión establecidos.
Al tener clara nuestra visión y conectarnos con el propósito y misión de nuestra vida, no solamente estaremos trabajando para lograr objetivos personales o profesionales, sino también para satisfacer el sentido más profundo de nuestra existencia.
Por no plantearse, ni mucho menos responder las preguntas anteriores, la mayoría de personas viven en un perenne conflicto existencial, desoladas y frustradas porque no han tomado consciencia de su propósito en este mundo. Es probable que se hayan planteado una visión y misión, pero alejadas del servicio apasionado a los demás, donde pareciera que sólo se vive para trabajar, para hacer dinero y comprar objetos materiales. La gran mayoría arruinan sus vidas a cambio de dinero. Y no es que ser rico sea malo, sino que el dinero se convierte en el fin último de la vida, suplantando el propósito fundamental de servir a los demás.
En cambio, cuando se asume la profesión u oficio que se tiene, desde el propósito de servir a los demás con pasión, entrega total y dedicación; planteándose una visión y misión coherentes con dicho propósito, todo nuestro mundo cambia, el trabajo se convierte en una pasión, en un hobby; se destierra la pereza, la apatía y la frecuente quejadera sobre la profesión y/o trabajo que se desempeña.
Luego de estas reflexiones, la invitación evidente es a asumir de manera libre, consciente y voluntaria el plan divino para la humanidad, planteándonos una visión y misión acordes con dicho plan. La recompensa de asumir y comprometerse con esta invitación es vivir la vida a plenitud, en abundancia y con un profundo sentido existencial.