Hola querida comunidad de Steemit:
Espero que hayan disfrutado el relato de hace dos días. Me divertí mucho haciéndolo. Mi Jefa de redacciones pensó que era un poco pesadillezco por la pérdida de una perspectiva estable por otra cambiante y caprichosa.
Hoy sigo con otro relato de La Sociedad del Insilio titulado La Galatea. Ernesto, el protagonista es un chico bastante indiferente a lo que pasa a su alrededor y padece de una enfermedad llamada ensoñación excesiva. Su mundo es invadido por la adquisición de sus padres de una estatua hecha al estilo griego clásico que le causa más atracción que las mujeres de carne y hueso.
La Galatea
La vida familiar transcurría normal, común y aburrida. Desde que Ernesto tenía uso de su memoria, Hermenegilda la asistenta, le despertaba de su sueño para llevarlo a la escuela. Carrera al baño, agua fría, carrera de regreso al cuarto, su encierro en un uniforme que nada tenía que ver con él. Campana, clases, deportes dos veces a la semana, números, exámenes de lengua, biología. Campana, auto, llegada a casa, almuerzo, descanso.
Al ingresar en la segunda etapa de su educación, Hermenegilda ya no estaba para él, o mejor dicho, sus padres consideraron que ya que su hijo estaba ante las puertas de la pubertad, lo mejor sería que empezara a hacer su rutina matinal por sí mismo. En lugar de su amada hada del nuevo día, un reloj despertador se instaló en su mesa de noche para separarlo de sus sueños, sus pesadillas y sus laberintos sin imágenes.
Las vacaciones tampoco ofrecían muchas variantes. Viajaban al mar o a la montaña una vez cada dos años, pues sus padres no eran amantes de las escapadas de fin de año escolar o navideñas. Básicamente sus vacaciones consistían en largas caminatas por los alrededores, sesiones maratonianas de TV y permanecer largos lapsos de tiempo tirado en la cama mirando el techo. Se sorprendía de sí mismo cuando parpadeaba. Sus ojos nunca mostraban señales de irritación. Solo faltaría que dejara de respirar para ser un muerto, pensaba. Si llegaba a hartarse de la cama, la ventana que daba a la fuente del jardín trasero era apropiada para sus viajes mentales y para pasar horas en estado catatónico sin ser molestado.

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Por su mente circulaban historias, miles y miles de historias de su autoría o de otros y, en este último caso, creaba finales alternativos sin importar si el final original le hubiera gustado o no.
Leyó Romeo y Julieta una vez. Ideó un final en el que Romeo muere y ella sobrevive. Una Julieta afligida por la muerte de su amante decide no amar a nadie más el resto de su vida y se dedica a ayudar a otros o bien, ella es en realidad una especie de anti heroína; no derrama una sola lágrima; finge que nada pasó y continúa con su vida, sosteniendo relaciones de poca duración.
En la segunda versión Romeo sobrevive y Julieta muere. Él se muda de Verona y hace su vida en otro sitio. También se le ocurrió pensar que Romeo se dedica a una vida hedonista impulsado por un renovado deseo de vivir después de haber notado lo fugaz que puede ser la vida.
Cuando leyó El Quijote, imaginó que Alonso Quijano y Sancho Panza les hacen ver a todos que los gigantes, las doncellas y los caballeros errantes aún existen. Por esto, y sin pensarlo dos veces, los amantes de las novelas de caballerías y cantares de gesta se van con ellos y no regresan al mundo normal.
Sí, su vida era una especie de espiral de la que costaba salir. Estaba mareado.
Su cama llegó a convertirse en su amiga. Había días en los que no se levantaba de ella. Leía, comía, pensaba, plagiaba y reinventaba historias en ella. La ventana de la biblioteca era su confidente. Cuando sentía que la cama estaba harta de tener a alguien encima o cuando tenía cosas más personales en las qué pensar, la ventana, con su asiento acolchado y con el jardín al fondo se convertían en el consuelo que buscaba cuando el recuerdo de Hermenegilda no era suficiente.
Hastiado del aire de su cuarto, iba escaleras abajo para pasar el resto del día en la biblioteca. A medida que bajaba los peldaños los rumores que escuchó al principio se oyeron más claramente. Llegó a distinguir tres voces. Empezó a caminar de forma más lenta y silenciosa. Su padre hablaba con dos extraños en la biblioteca. Habían invadido su espacio. Los hombres y su padre salieron de la estancia y no repararon en su presencia junto al marco de la puerta. Eso no le sorprendió. Él estaba acostumbrado a que no notasen su existencia, por lo menos hasta que rompía algo de valor para sus padres o si sus notas bajaban de forma considerable. Hasta entonces, él era sólo un fantasma.
Los dos extraños vestían overoles y estaban cubiertos con un fino polvo blanco y marrón. Al caminar dejaban sus huellas de harina en el piso pulido.
Cuando ellos y su padre se fueron, Ernesto siguió las huellas de polvo, parecidas a las que dejaría un fantasma sólo para hacerles saber que, él y sus padres no son los únicos que habitaban en la casona.
En un ángulo, recibiendo luz de las ventanas a la vez, se encontraba su primer amor.
Su piel, tan blanca como la vajilla de porcelana, sus cabellos tan blancos y ondulados como la espuma del mar y un velo que la cubría de la cintura hacia abajo. Los brazos y manos abiertos tanto para dar la bienvenida y como para dejar saber que no tiene nada que dar más que su muda presencia y su semidesnuda compañía.
Pensó que las huellas en el suelo podían ser de ella en su camino al pedestal donde se encuentra ahora y sus manos fueron extendidas en esa posición para que un día alguien las tomase y la ayudase a bajar.
Sacudió su cabeza para volver a la realidad. Le costó desprenderse de ésa imagen. La dama en apuros. Una figura tallada en piedra. Se aleja del lugar a paso rápido. Tan pronto lo olvide mejor para él.

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Sus historias alternativas, reales o inventadas, ideales o catastróficas, propias o ajenas ya no le salvaban en su día a día. Si pasaba frente a la biblioteca su pulso se aceleraba. Le parecía ridículo, era como excitarse ante el poster de una actriz que le gustase a pesar de saber que nunca podrá tener algo con ella.
Si de día apenas podía controlar hacia donde su mente divagaba –y acababa casi siempre en el mismo sitio- de noche era prácticamente imposible. La oscuridad de su cuarto le seducía para que se trasladara mentalmente hacia la planta baja y lo ubicara justo enfrente de su amada.
La imaginaba siendo acariciada por las cortinas –siendo esto imposible ya que tan pronto el cielo adquiría los colores propios del crepúsculo, sus padres cerraban las ventanas, atormentados por una inexplicable paranoia- y los rayos de la luna, dándole una apariencia más arcaica, misteriosa y lejana, recordándole así que ella vivirá por siempre y él estará aquí sólo por unos años.
En cambio, si caía en el laberinto durante el día, la imaginaba bañada por el sol haciendo lucir su piel mucho más blanca, más brillante e incluso le hacía parecer alguien cercano y amable, dispuesto a compartir tiempo y palabras.
Llegó el día en que Marcos y Helena, sus padres, unidos desde hacía veinte años en el mismo oficio y en el matrimonio se excusaron con que no podían separarse de sus puestos de trabajo durante todo el día. El mensaje en el contestador de la sala no sorprendió a Ernesto en absoluto. Él cursaba el último curso del instituto. Lo único que sabía era que debía elegir una carrera y cursarla hasta tener un trabajo propio e irse de allí. Irse era la única meta. Irse lejos de ésa casa, de su encierro y de ella, la Galatea.
Cinco años de evitación, cinco años de un magnetismo que no ha disminuido ni una sola vez. Se liberaría de ella para siempre y amaría a una mujer de verdad. Pero, ¿Qué es una mujer de verdad? Sus compañeros de clase, desde los más inteligentes hasta los más ineptos debían tener sus propias ideas sobre el tema. Y también, ¿Qué es un hombre de verdad? Ernesto sabe que él está fuera de lo que podría considerarse –aunque esto depende del círculo donde se desenvuelva- un hombre de verdad.
En estas cavilaciones estaba cuando una idea, una idea tan descabellada como sus historias distorsionadas surgió en su mente. Recordó haberla escuchado o leído en alguna parte, le sonaba de algo. No bajó a almorzar. Su cuarto se convirtió en una especie de sala de espera. Los pros y los contras iban y venían. Impulso contra cordura luchaban encarnizadamente, se daban tregua y volvían a empezar. Marcos y Helena educaron a su único vástago de tal forma que, sin importar los problemas que tuviese ni la índole de estos, la mente racional siempre estuviera por encima de los intereses personales y emocionales. Contra todo pronóstico, Ernesto bajó las escaleras a toda prisa y se dirigió a la biblioteca. Sin importar que alguien lo viese por la ventana o no, tomó a la estatua de las manos. Sus labios temblaron, quería sonreír pero a la vez quería permanecer serio.
Asió a la Galatea por la cintura, sujetando a la vez su piel y su velo de nácar. Pesaba pero eso era lo de menos. El dolor y el sudor son un precio que estaba dispuesto a pagar. Sube las escaleras con ella en brazos.
Cierra la puerta y recuesta la estatua con delicadeza sobre la cama. Acaricia su cabello, sus labios, sus senos. Se da la libertad de sonreír abiertamente. La besa una y otra vez. Siente su dura piel. No le importa. Cinco años de evitación, cinco años de magnetismo, cinco años de contención.
Deseando más contacto, Ernesto se quita prenda por prenda y, abrazándose a su amada, la besa y se olvida del mundo así como el mundo suele olvidarse de él. Su dura piel se vuelve cada vez más agradable al tacto. Se imagina que la estatua se vuelve humana. Está tan relajado y feliz ahora que ni se molesta en intentar rechazar esta idea.
Marcos y Helena llegan tarde en la noche. Hacen lo mismo de siempre, se asean, cenan, ven televisión y se van a dormir. En algún momento de la noche, en algún recodo de sueño, recuerdan que tienen un hijo. Algo primitivo, algo dentro de ellos les motiva a que, tan pronto despierten salgan a buscarlo sólo para ver si está bien.
Ambos entran al cuarto de Ernesto y se sorprenden de ver la cama tan bien hecha tan temprano un sábado por la mañana. Después del desayuno, Helena sube otra vez.
A mediodía la preocupación los invade. Ya han revisado la casa. Ernesto no ha aparecido. Marcos recuerda que solía regañarlo por pasar el tiempo sin hacer nada mirando a través de la ventana. Se decepciona al no verlo allí. Al dar la vuelta descubre también que su estatua también se ha ido.
Minutos más tarde la policía llega a la casona. Hacen informes con la descripción de Ernesto y del robo de la estatua. Helena se va a su cuarto. Odia perder la compostura en público. Le parece estúpido y humillante.
Cuando los policías se hubieron ido, Marcos subió al cuarto de su hijo. Todo parecía apuntar a un secuestro. Sus cosas estaban en su sitio, por lo tanto no parecía una huida.
Como para confirmar su primera idea o bien, para librarlos a él y a Helena de la incertidumbre del paradero de su hijo, el viento se coló por la ventana y cerró la puerta de golpe. Alarmado, Marcos voltea y, después de asustarse por segunda vez, encuentra la estatua, con la misma pose, con la misma expresión, con las manos apoyadas en la cabeza de un hombre joven que, sin temor y sin culpa besaba su vientre ocultando su cara en el níveo abismo.
Por primera vez en muchos años, sus defensas anti emociones no tuvieron la fuerza para detener todo lo que en aquel momento sentía. La Galatea ya no era como antes y su hijo no volvería nunca más.
No mencionó a su esposa ni una sola de las ideas que cruzaban por su mente, ni se atrevió a deshacerse de la estatua. Al final de sus días, lo único que le consolaba era la idea de que él, por accidente, descubrió lo que la policía, con todos sus hombres y con todos sus equipos y contactos tardaría en descubrir toda una vida.

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Las fantasías de rehechuras de Ernesto son el único divertimiento que tiene en un mundo de adultos. Sin hermanos y sin tener idea de cómo iniciar una relación de amistad o de noviazgo, decide crear mundo alternos donde personajes de la literatura mundial se conozcan o altera el final de las obras a las que pertenecen.
La reescritura de cuentos es algo que hago por diversión desde que puedo recordar. Esto me recuerda al Concurso de Rodari que emitieron el año pasado.
A su vez, La Galatea es un giro a la historia de Pigmalión y Galatea que les recomiendo que vean. Es uno de los más hermosos relatos del mundo antiguo.
Gracias por leer