La brisa serena que había a esa hora fue perfecta para el momento. Así, el aire se inundó de una mezclilla de olor a tabaco, fortalecida por el humo de varios cigarrillos que rápidamente fueron despojados, eso añadido al olor del café recién preparado que lanzaba vapor desde tu taza; fue una noche increíble en la que desnudamos nuestras mentes. Confesábamos secretos guardados por años, recordábamos las mejores vivencias mientras hablamos de todo y de nada... ¡que increíble era aquello!, contigo hablar era sencillo, realmente sabía que podías escucharme en cualquier momento y darme un buen consejo, era imposible aburrirme si estabas cerca. Descubría maravillas, narraba curiosidades; mientras ambos dábamos discursos innecesarios sobre el origen del universo, o la evolución del arte, el mejor bajista de Jazz o quizás el significado de la existencia, tú eras la única persona con la qué siempre había algo de que hablar.
Marcaba el reloj medianoche, pero no había señal de Morfeo.
Disfrutabas las canciones y recitabas la letra, no importaba el idioma.
Te observaba desde el balcón, admiraba tu delicado susurro. ¿Sabes? estabas tan tierna en ese momento que quedé perplejo observándote, como disfrutaba como cerrabas tus ojos y pronunciabas suavemente letras de amor, mientras yo te invitaba a acompañarme. Llenaste tu taza de café y me pasate un cigarrillo para que lo encendiera con el mío.
Así observamos abrazados el firmamento.
Así usamos más de una cajetilla.
Así preparamos café de nuevo.
Así hablamos toda la noche, de todo y de nada.
Tú, me narraste el viaje que tanto recuerdas,
Mientras yo te conté el viaje que siempre he querido;
Tú, me contabas de esa película que te hace llorar,
Mientras yo relataba la historia de ese videojuego que me gusta;
Tú, cantaste baladas tristes en susurro,
Mientras yo recitaba temas románticos de rock en tu oído.
Mientras pasaban las horas y nos adentrábamos más profundo en la madrugada, yo hacía más chistes innecesarios y pensaba un tema nuevo, entonces nos recostamos al suelo y encendimos otro par de cigarrillos, veía tu rostro al lado del mío y observaba como el humo salía de tu boca, respirabas profundo y respondías mi pregunta, dándome oportunidad de conocerte un poco más y como réplica revelar mis pensamientos, dejándome vulnerable, dejándome llevar por tu voz melódica, única, con ese acento que me encanta.
El cielo comenzaba a tornarse carmesí, la luna blanca se hacía difusa y las nubes se pintaban de color azulado mientras otra cajetilla era desechada, y tú, como no podías ser más perfecta, me preparabas café de nuevo; fue entonces cuando te abracé desde tu espalda y acoplé tu figura a la mía. No se si era por falta de sueño o por la química experimentada pero, es que era tanta mi alegría, era tan grande la emoción de tenerte y la satisfacción de estar contigo que, motivado por ese aire de tabaco y café, fue necesario decirte: "Gracias por existir".