Siento que la sociedad está profundamente enferma. No sé en qué momento hemos empezado a pensar que es normal dedicarle al menos ocho horas al día a un trabajo que no nos importa. Y además, son las ocho primeras horas de nuestro día, en las que tenemos más energía y en las que podríamos hacer cosas que son significativas para nosotros. Sin embargo esta energía se emplea, casi en su totalidad, en un objetivo que nos es indiferente en el mejor de los casos; un objetivo alejado de nuestros intereses y principios. Es normal entonces que haya gente harta de su trabajo, quemada hasta límites insospechados: la están explotando, le están absorbiendo la vida y están robando su tiempo, que es el activo más valioso que una persona puede poseer.
Hay otros, sin embargo, que parece que están anestesiados o castrados; ya no sienten ni padecen y se han acostumbrado a esa forma de esclavitud velada. Ya no les sobrevienen impulsos por vivir y desatar su individualidad, sino que se postran y permiten que otros tomen las riendas de su vida. El manido «es lo que hay» es su argumento preferido para no quitarse la venda y perpetuar su posición de ciegos que no quieren ver. Lo peor de todo es que las nuevas generaciones no es que se resignen a tener una existencia tan miserable, sino que incluso lo desean. Quieren formar parte de ese sistema que les proporciona un salario que solo podrán disfrutar los sábados y domingos si son lo suficientemente afortunados.
Mi solución es rechazar el statu quo y dejar que el mundo se pudra mientras que agoto todas y cada una de las posibilidades para vivir haciendo lo que amo, y no lo que me impone el algoritmo de la sociedad.
- Hyperion