Ayer fue tu cumpleaños. Quisimos hacer lo mejor para ti con lo poco que teníamos. Te compré un detalle, una torta (pastel) para celebrar y un vino de los que te gustan. Almorzamos donde mas querías y compartimos con las personas esenciales para que tu día fuera perfecto. Festejamos, escuchamos música...hasta que súbitamente, como todo lo que pasa en la vida, la tarde se volvió triste.
Una de tus mejores amigas te felicitaba y al mismo tiempo se despedía. Con un nudo en la garganta y la voz entrecortada te decía que ya no podía seguir aquí por el bienestar de sus hijos. El país que ama ya no le daba seguridad de nada. Ella era la tercera...o la quinta ¿quién cuenta?
Puse atención a tu reacción, rogando que no ocurriera lo que parecía inevitable. Pero mi silenciosa petición se esfumó inútil y despacio observé cómo se derramaban lágrimas en tu mejilla.
Me hubiese gustado que no ocurriera así, que ni tus amigos ni los míos se fueran. Que este espisodio no pareciera tan repetitivo. Que la temible diáspora venezolana no se escurriera en un momento como este.
Pero la realidad toca con fuerza aún en la puerta del más grande soñador.
Hoy es difícil celebrar en medio de tanto caos, de tanta muerte, de tanta miseria.
Hoy es terriblemente complicado estar en Venezuela.
Fuente: fotografía propia
Gracias por leerme