Desde un cacerío en la Isla de Coche, decidí salir a caminar para encontrarme con el mar, cuando sorpresivamente me encontré con un paraíso diamantino de salinas, salpicada de cristales que destellaban al sol como estrellas. En medio de la nada, un pequeño perrito aparece a mis pies, lleno de hambre y falto de agua y afecto. Se abofetearon en mi cara todas sus miserias, su más desnuda indefensión,pero también mi incapacidad para mitigarlas.Así como todas las que me rodean y muchas de las propias.
Fue allí en ese sendero, y en el negro profundo de esa mirada, que pude comprenderlo:"No se salva a nadie recorriendo por él su camino", llevando a cuesta sus penas y sufrimiento. Al separar nuestras miradas quedó claro que, entre nuestro encuentro, además del agua, solo compartiríamos nuestro camino, y si el mío lo llevaba a su libertad, compartiríamos entonces algo más, un pedacito de nuestras vidas y una bonita historia para la eternidad.