Yo no he llorado el duelo.
No lloré cuando lo ví partir.
No lloré cuando todo se fue a la mierda.
No lo hice cuando le dije adiós al perro.
Ni cuando le dije adiós a mamá.
Ni tampoco cuando me monté en ese autobús
mientras me despedía tan a mí manera.
Solo alguna lágrima indiscreta
se escurrió cuando,
después de haber expiado mis culpas
en ese puente de Libertad,
respiré otro aire
y me dije a mi mismo,
arrodillándome en tierras hermanas pero ajenas,
Mimismo, eres libre, Mimismo.
Tampoco lloré cuando volví a verlo
después de meses,
cinco días con los penates a cuestas
por todos los Andes.
No he llorado a moco suelto
ni una sola vez
a pesar de que hay derecho
también priva el deber.
Tanta angustia.
Tanto pesar.
Tanto desconsuelo.
Tanta soledad.
Tanto tiempo.
El exilio, el ostracismo.
Veo en retrospectiva, al Chimborazo,
y se me escapa
Coño de la madre,
que peo.
Solo ahora
después de haber logrado
solo parte del largo camino
que se hace al andar
es entonces cuando me doy cuenta
del error que es
y fue
no haber llorado.
Ahora pesa,
exprime
abruma
estruja
revienta
y consume.
Quizá sea tarde.
Espero poder romper en llanto pronto.
O quizá no pronto,
pero cuando me logre sentir pleno
una vez más.
Aún así es muy posible
que se vaya haciendo tarde para llorar.
Pero mi corazón
(such a sissy)
me dice que nunca será tarde para llorar
por lo que se nos fue
por lo que dejamos atrás
o por lo que nos va llegando en el camino.
Llorar nunca ha resuelto nada,
pero joder como ayuda
cuando las penas,
vestidas de aguas blancas y negras,
aprietan en el alma.
Un cliché:
Aquí,
al final de las cosas,
cuando ya nada importa
y cuando lo único que queda
es aquella lágrima indiscreta
pero que fue la más sincera y valiente de todas.