Aquella tarde de aquel lunes. Luego de que se renovara la fe por la resurrección de un Dios.
Me dirigí a tu morada sin saber si estabas o no. Solo confiando en que así sería. Esperando poder mirarte una vez más. Perlada mi frente de sudor. Ardiendo mi cuerpo por la travesía. Llegué y me animé a tocarte la puerta. No parecía haber respuesta, hasta que un señor que bajaba por aquella escalera de caracol me animó a golpear más fuerte. Incluso contribuyó con aquella tarea. Sin conocerlo de nada me brindaba ese amable apoyo. Quien sabe movido por cuales intereses. Pero puede que a veces pensemos muy mal de las personas cuando en verdad solo son así. Luego el viejo se percató de que había movimiento dentro. No estaba seguro de que eras tú, podía ser algún familiar, pero fue maravilloso que fuera así.
Tus manos abrieron esa brecha entre nosotros. Fue de la forma más inesperada posible. Así que noté como tu cara asumía un gesto de sorpresa como si nunca hubieses pensado en mi regreso. Como si no lo hubieses deseado siquiera. Al menos pude pasar y verte un momento. Me concediste ese espacio y ese tiempo. No sabes como quería abrazarte. Había soñado con ese momento. Te confesé como me sentía. Sabes que no soy muy bueno cuando se trata de hablar de mis sentimientos. Pero tú te mostrabas indiferente, como una roca que se mantiene firme a pesar del inmenso río que le pasa por encima. Casi ni me veías. A veces me pregunto si habrás, como yo, escrito algo sobre esto, porque sé que te gustaba escribir. Porque sé que sabía algunas cosas sobre ti a pesar de que no te conocía del todo. Y porque nunca se conoce del todo a alguien. Pero aquellos momentos vividos contigo quedan plasmados en mi mente como las mejores fotos de mi vida. Y corre en ocasiones una lágrima cuando me doy cuenta de mi error.
Te pedí un abrazo pero me lo negaste. Luego de estar tan juntos. Luego de haberse fusionado nuestros cuerpos. Luego de haber sido uno solo en esos instantes. Supliqué un poco y luego lo acepté. Como una manzana que se da cuenta de que no puede evitar la caída y la magulladura. "No sabes cuánto he deseado abrazarte". Y me despedí con un toque en tu hombro izquierdo. En otra oportunidad querías que volviera, pues parece que tampoco ese era tu deseo. No me queda más que olvidar.
Atentamente
Un poema reprimido