Soy el mástil que sostiene las velas de este barco,
mantengo el equilibrio y por eso él puede ir adonde quiera,
no me doblo, no me flexiono,
mi dureza no lo permite.
Soy vertical,
por ello envejece mi alma.
Me vuelvo invisible, imperceptible.
Esta dureza termina de secar la savia que un día corría por mis venas.
Si un día la tormenta me quiebra,
le daré las gracias por quitarme esta pena,
lloraré sí, al ver mi barco a la deriva
pero finalmente seré liberado...
Un mástil al quebrarse no se repara, su principio es su final
y su final es un cambio total, es luego otro destino, otro lugar...
El texto es de mi autoría, publicado originalmente
en La Sinfonía de la Vida