Ahí está, inhiesto sobre la colina,
habitado por desechos de vidas,
puntos suspensivos de existencias malditas.
Muestra un cúmulo de bloques naranja,
pilares de concreto que no sostienen un techo,
armazones de esperanza y sueños derrumbados.
Sus pasillos llenos de desiertos,
habitaciones frías y rincones oscuros,
son un alto contraste con la vida que les rodea:
paredes quebradas, esquirlas de mugre,
sonrisas tristes e ignorancia.
Es invisible a los ojos de los que pasan
transeúntes y habitantes ignoran su historia.
Es un conjunto de moradas rotas:
un barrio muerto,
cementerio de sueños,
cripta de esperanzas e ilusiones incontables.
Hoy, los residentes son solo un recuerdo para el resto,
una memoria que lucha contra el tiempo,
una batalla perdida desde el primer momento,
la rafflesia del bosque de concreto,
perfume putrefacto.
El barrio se alza sobre el cerro,
junto a otras plantas que van falleciendo,
deslizándose hacia la nada
con cada soplo del viento,
una hilera de vidas perdidas,
una fila de sueños enterrados,
por la vida, por el mundo,
por el tiempo.