Son miles los nombres que le dan a la muerte.
Ella no tiene nombre porque no existe.
Lo único que existe es el tiempo.
Él no tiene nombre.
Lo describo por la decadencia de las cosas:
La entropía de la manzana que cae y aterriza podrida,
lo llamo por el grito de mi vida indisoluble,
el grito que no rebota contra el agua,
que asciende impotente hasta un cielo en el que hay nada.
Vacío púrpura, real;
me escinde, quebrando mi espíritu,
quebrándome.
Ahora mis gritos caen y suben, y chocan,
y el aire es terreno de mis desgracias,
y lo aéreo se contamina de mi lucha contra el tiempo,
y cae, y sube,
pudriéndose, quebrándose, rechazando la existencia.