Me dormí cuando sonó el despertador, las siete de la mañana y ya tengo ganas de cenar.
Las calles abarrotadas de máscaras, se cruzan, se esquivan, huyen y van, pero nadie me roza al pasar.
Apenas sale el sol y nos escondemos, sin pensar que cuando salgamos ya no va a estar.
Me observo, observo a la gente, y me vuelvo a observar en medio de un macabro desfile de almas sumergidas en la profunda obligación, en la unidad inventada de una patria construida con dolor.
El cansancio envuelve nuestros párpados.
Vuelvo a salir, hoy no he visto el sol y no quiero que nadie me roce.
Entro en mi cama y esta me invita a despertar, sin esperar que todo lo soñado nunca llegue a ser real.