En la oníria de la noche despierto en medio de un bosque espeso, lleno de matorrales y maleza. Se oye algo no muy lejos de mí, tengo miedo, no sé dónde estoy ni como he llegado hasta aquí. En un pequeño claro reconozco la figura de un animal. Me mira, y se acerca sigilosamente hacia mí, lo observo un par de segundos antes de salir corriendo, es un enorme perro que me mira como si me fuese a devorar. No quiero averiguar sus intenciones solo escapar de ese lugar y de esa bestia feroz. El miedo aumenta al mismo ritmo que mis piernas toman velocidad, correr, correr, no puedo dejar de correr y lo siento detrás de mí como si fuese su pieza del día.
https://unsplash.com/photos/Fcx1cdatcMc
Huyendo de esa bestia negra salgo del frondoso bosque y delante de mí aparece un muro gigantesco más alto que los árboles que he dejado atrás, me detengo dos segundos para tomar aire y casi sin pensar empiezo a trepar por el prominente muro de piedra, sigo subiendo, la bestia del bosque se queda ahí abajo mirándome y ladrando como queriéndome convencer de que no es buena idea lo que estoy haciendo. Pero sigo. Las paredes cada vez son más finas y sigo subiendo con la facilidad de un gekko. Mis manos y mies pies, gracias a dios, no dudan tanto como yo. No quiero mirar atrás, ahora mismo lo único que me importa es seguir subiendo y ver que hay en la otra parte, no he visto ninguna otra salida en apenas esos dos segundos de reflexión que había tenido al encontrarme con semejante gigante de piedra.
https://unsplash.com/photos/8Fer_szW-i4
Llego a la cúspide y me agarro con fuerza para dar el último empujón, y me asomo... Mis ojos se abren vertiginosamente ante tal milagro. En la otra parte del muro es de día, el sol brilla con fuerza y el calor acaricia mis mejillas. Una playa llena de gente se extiende hasta donde el sol me deja ver.
Música, alegría, gente y más gente por todos lados. Casi no lo puedo creer, miro hacia atrás y la noche ya no parece tan noche, incluso mi perseguidor ya no me resulta tan feroz. Y vuelvo a mirar hacia la playa, nadie me ve. De hecho, nadie mira hacia el muro, es como si no existiese. Por un momento, me siento triste.
¿Cómo voy a llegar a la otra parte?
Quizás no haya modo de cruzar. No lo sé. No sé que hacer...
De pronto, oigo una voz, alguien me saluda desde la otra orilla del muro, un grupo de jóvenes están cerca y una chica me hace un gesto como invitándome a unirme al grupo. No se como hacerlo. Vuelvo a mirar al perro, aún sigue ahí, inamovible, mirándome fijamente.
Algo que no había percatado en mí frenética subida, llama mi atención. Justo a mi izquierda y mucho más hacia abajo hay como un pequeño rellano, sin pensar mucho me pongo a descender hacia esa inesperada isla dónde tomar un descanso y pensar que hacer. Doy un salto y me coloco en el rellano. Levanto la mirada y me parece, por lo menos curioso, es como un fragmento superviviente de un monasterio, con sus baldosas pintadas y su ventana alargada y estrecha, con un banco de piedra justo debajo. Me siento sobre el banco y miro por la ventana, la playa y su vida aún siguen ahí.
Mi respiración empieza a volver a la normalidad, respiro profundamente y antes de soltar el aire oigo a alguien que se acerca, descubro una sombra que se dirige hacia el cánido. Este, que ya se ha percatado de su presencia no deja de mirarme. Es un hombre corpulento, de unos 50 años, calvo y con bigote, creo que nunca podré olvidar su mirada que me atraviesa como un cuchillo afilado. Se me vuelve a parar la respiración, se acerca deprisa y agarra del collar al que, claramente, es su camarada.
Por un momento, me sentí aliviada al pensar que el amo había encontrado a su vasallo pero, su mirada sigue ahí sumándole una inquietante sonrisa que hace que me estremezca de nuevo. Miro a mi alrededor y encuentro una salida en la parte derecha del muro, sin pensarlo mucho doy un salto aprovechando la distancia que me separa de los dos personajes y vuelvo a correr frenéticamente hacia la luz que atraviesa una gran grieta del coloso de piedra. Miro hacia atrás una y otra vez para asegurarme que no me siguen y me doy cuenta que ni siquiera se han movido del sitio, simplemente me observan y el hombre corpulento, calvo y con bigote no deja de reír a carcajadas cada vez más potentes e inquietantes.
Y vuelvo a despertar a las cinco de la mañana ya en mi cama. Que ha pasado? Que significa esta aventura onírica? ¿Qué aparece en nuestros sueños? ¿Qué puede tener que ver con aquello que te da miedo en tu vida externa? ¿Quién o quienes aparecen?
Los sueños, de alguna manera, son ese puente entre el consciente y el inconsciente. En nuestra vida diaria muchas veces no somos capaces de percibir esa experiencia de cambio tan necesaria. Ese deseo siempre va antes que la acción y nuestro inconsciente lo manifiesta en impulsos que debemos aprender a comprender. Al principio, toda esa simbología puede ser complicada de interpretar, pero prestando atención y escuchándose, de verdad, a uno mismo, podemos sacar pistas muy importantes de lo que realmente queremos desarrollar en nosotros mismos.
Atentos a vuestros sueños ya que son una puerta hacia el inconsciente que nos puede ser muy útil.