Acaso cree, señora, que ya no es la de antes, que ya nadie suspira al verla caminar, pero entre tantas niñas campantes y sonantes es a usted quien espero cada tarde pasar.
No sabe que la observo, no tuve la entereza de atreverme a decirle que siento por usted, ni imagina que ansió su asentada tibieza y su añejado vino para calmar mi sed.
Es cierto que ya es otra, que han pasado los años, que a su pelo ha llegado algo blanco a doler, pero es mejor la rosa si soporta los daños de la nieve implacable decidida a caer.
Que importa si el espejo le devuelve la pena, es más dulce la fruta en plena madurez; no hay nada más glorioso que la maleable arena ante la verde grama de dura gelidez.
Y nada es más erróneo que un torpe calendario, los números ignoran el arte de vivir; igual que las cuentas de un hermoso rosario los años la hacen bella y la hacen refulgir.
Es por eso, señora, si se entristece un día, levante usted los ojos y mire para aquí, y ahí verá una mirada mía, de un hombre que la quiere para sí.