Esta semana los amigos del #Reto12votos nos ponen en un aprieto, hablar sobre las suegras. En mi caso he tenido la oportunidad de conocer dos, una del primer matrimonio y otra de mi unión actual.
Mi primera suegra, la Sra. Cruz, hoy descansando en la paz del Señor, fue una persona muy amable, siempre estuvo pendiente de mis hijos, les brindó amor y cuidados las veces que lo necesitaron; eso se lo agradeceré toda la vida.
Con ella tuve una relación bastante fría, en ese tiempo mi temperamento ermitaño estaba al 100 % y no encontré la disposición para establecer una relación más cálida. También contribuía la distancia, por aquella época ya yo me había radicado en Maracay y mi primera suegra vivía en Caracas, por lo tanto las posibilidades de compartir eran limitadas.
Con mi suegra actual las relaciones han estado casi siempre en cero. Ninguno de los dos ha encontrado el ánimo para buscar un acercamiento. Hace muchos años establecimos bastante contacto, pero con la llegada de la revolución eso cambió. Ella y yo tenemos posiciones distintas sobre el tema y eso ha contribuido radicalmente a terminar de enfriar una relación que siempre estuvo marcada por la debilidad.
Debo reconocer que mi carácter, mi forma de ser, mis inquietudes y mi valoración de la realidad han sido un factor determinante a la hora de establecer los límites de las posibles relaciones con mis dos suegras, asumo plenamente mi responsabilidad en el asunto, aunque debo decir en mi descargo que ellas también tienen lo suyo.
Una situación distinta la viví en mi adolescencia. Tendría unos dieciséis años cuando me enamoré perdidamente de una muchacha ─cada vez que el amor de una mujer ha tocado las puertas de mi corazón lo ha hecho con fuerza arrebatadora─. En ese entonces la mamá de esa muchacha prácticamente me adoptó como su hijo.
Mi relación con esa señora fue realmente envidiable, comía en su casa, ella me pedía opinión para todos los asuntos. Recuerdo que hasta unas camisas me hizo en ese tiempo. Estaban de moda unas camisas tipo hindú, sin cuello, mangas campana y arabescos y la señora Ernestina, que era una gran costurera, me hacía mis camisas a la medida, ella no escatimaba esfuerzos por complacerme, creo que en verdad me quería y yo la quería a ella.
Como a los ocho meses de conocerla la señora Ernestina enfermó, de pronto se fue poniendo amarilla. Un buen día la internaron en el Hospital Militar de Caracas, nadie daba cuenta de cuál era la enfermedad que padecía.
Yo la iba a visitar cada vez que mis estudios me lo permitían, con mis escasos recursos siempre buscaba llevarle algo. Ella presentía que su mal era grave y no perdía la oportunidad de encargarme que en su ausencia no dejara de velar por Yoli, su hija, mi novia. Me decía que no la fuese a dejar sola, que la cuidara, que la hiciera terminar los estudios, en fin…
Siempre me impresionó que la señora Ernestina pensará que un muchacho como yo podía hacerse cargo de su hija, a mí eso me parecía una responsabilidad que superaba ampliamente mis posibilidades, pero ella lo planteaba con una naturalidad pasmosa.
Como a los cuatro meses de estar internada en el hospital la señora Ernestina falleció. Para mí su partida fue un duro golpe, lo sentí como si fuese mi propia madre. Su familia decidió mudarse hacia los Teques y mi relación con Yoli no pudo llegar a buen puerto.
Durante muchos años viví atormentado por haberle fallado a la señora Ernestina, por no haber podido cumplir el encargo que ella me había hecho de velar por Yoli. Me tocó la dura tarea de superar eso para poder seguir adelante.
Mucho me hubiese gustado poder vivir con las mamás de mis esposas la experiencia que conocí de joven con la que nunca llegó a ser mi suegra, pero la vida es caprichosa en sus modos de acercarnos o alejarnos. A todos les deseo que tengan con sus suegras una buena relación, es lo más saludable para el bienestar de la familia.
Gracias por su tiempo.
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