¡Hola Steemians!
Siempre es un placer que pasen sus ojos por estas palabras. Pienso que este escrito podría tratarse de la segunda parte de mi post anterior. De nuevo tocamos los temas que causan una resistencia bastante sutil frenten al disfrute pleno de grandes experiencias. Esta reflexión es la que quiero compartirles hoy.
Sin dar más rodeos, empecemos…
El miedo a la Belleza
La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla. Hermann Hesse.

Desde la lejanía o la generalidad cualquier ilusión se interpone al disfrute y a la correcta contemplación. La aparición de los molestos velos siempre corre por mérito propio, por la sumisión ante el temor de verse destruido ante aquella imagen imponente, encantadora y hechizante. El propio sabotaje se inicia, como siempre, con la duda: la vacilación constante entre el deseo y la idea del mérito, cuando la Belleza solo requiere del hombre firme, plantado y entregado al placer de saberse correspondido, de concebirse unido a esta, alguna vez aquella, sublime imagen que despierta en él los más profundos recuerdos del Amor.
Posiblemente muchos sintamos como infortunios del destino la propia incapacidad de generar esta maravillosa experiencia. Quizás sintamos la penumbra de la tristeza convertida en envidia, o el frio de la nostalgia en vez del furor del odio al creemos distantes y separados del ideal. Envuelto en esa cobardía exteriorizada como dolor, cabe preguntarse siempre:¿Por qué?

Las señales florecen abundantemente a mí alrededor. Con una frase de la musa, “Creer es crear”, me encontré de nuevo suspendido entre los velos imaginarios, estos delicados ladrones de testosterona, mientras mi plexo gritaba por la herida. “¿Dejé de creer?” Pensé golpeado. No, pero dejé de sentir el amor como algo intrínseco al proyectarlo como un elemento inaccesible, quizás como infinitos fragmentos dispersos en las más altas cumbres, solo para jugar una vez más al héroe, al sabio, al mago o al místico.
Abatido por el peso de las telas ensoñadoras, creaciones anteriormente sutiles pero ahora pesadas como el plomo, la estatua de la Diosa parece inaccesible, imperturbable. Cada mirada de Ella quema como un rayo, cada voz lacera mis nervios, cada mueca es otro abismo de incomprensión. Frente a la Dama soy diminuto, indigno, carente de la virilidad necesaria para ascender por sus onduladas formas, falto de fuerza para adentrarme en su oasis, en el néctar ambarino que corre por sus deseados valles.
Siempre que la belleza mira, el amor también está allí. Rumi.
Otra musa me ha manifestado con una mirada nostálgica, rodeada de un añil reflejado en su piel cobriza: “Temes al amor”. Incrédulo ante el embiste, seguí batiendo mis alas hacia un centro externo, alejando el encuentro con la eterna verdad, abrazando sueños, espejismos de vida, desnudando el dolor de la mentira una y otra vez, por siempre.

Así continué siendo el adolescente eterno, el perseguidor de fantasmas, el idólatra de diosas de arena y agua, de fuego y vapor. Así el temor se ha manifestado a mí alrededor como desgracias románticas e imposibilidades pasionales; como nudos de piedra, tristezas y odios. Volviendo la mirada, enfocando a través de los innumerables velos del pasado, vislumbro finalmente mi salvación: aquel deseado perdón, el recuerdo del llanto de la reconciliación, la suave observación del vicio, del sentir errado, del primer antiquísimo velo que reflejaba mi inentendible huida de la Belleza.
“¿Qué es la belleza? Lo que nos salva de nosotros mismos”. Yasmina Khadra.