¡Hola Steemians!
Siempre es un placer que pasen sus ojos por estas palabras. Hoy he decidido publicar algo relacionado a la arquitectura de unos de los períodos más hermosos del arte occidental: El Barroco.
Sin dar más rodeos, empecemos…
El Teatro Barroco: La arquitectura de la impresión.
Por circunstancias propias de una novela dramática o de una obra teatral romántica pero perspicaz y maliciosa al mismo tiempo, nos encontramos en Roma, en el periodo barroco, con dos de los mayores genios de la arquitectura que, enfrentados por su rivalidad, han creado dos obras de arte en su total sentido.
Cualquiera es capaz de observar a la Iglesia San Carlo de Francesco Borromini y a la Iglesia de San Andrés hecha por Gianlorenzo Bernini a solo metros de separación en la calle San Carlo, una en la esquina de Las Cuatro Fuentes y la otra frente al palacio pontificio del Quirinal, en la ciudad eterna italiana. Solo el dramatismo de una época puede explicar que con la intencionalidad del espectáculo y la guía del morbo se hayan podido producir dos centros del arte a poca distancia, no quedando otra opción más que reverenciar a cada polo por su extraordinaria belleza.
Al comparar las dos iglesias se encontrarán tanto similitudes como diferencias que están estrechamente vinculadas con la personalidad y vida de cada arquitecto, ya que el elegante Bernini evocó una arquitectura clásica y moderna, mientras el temperamental Borromini había creado una arquitectura del movimiento evidente en la planta de San Carlo:
“La forma irregular de la planta podría parecer irracional y caprichosa, sin embargo, de forma paradójica, la génesis de sus trazas resultaba más racional y matemáticamente precisas que la de otros edificios más convencionales”. John Varriano. Arquitectura italiana del Barroco al Rococó. 1990.
La fachada de San Carlo es también interesante al guardar una “armonía extraordinaria” con el interior. Esta armonía no es muy común en el periodo barroco, de hecho Bernini y San Andrea son un ejemplo de ello, pero el juego de concavidad-convexidad de la fachada es altamente relacionable con las características de la planta, ya que la elipse es la forma de expresión y el instrumento que lleva a la diferenciación obvia, en cuanto a dimensiones, tamaño y forma, y a la no tan obvia vinculada al alma de cada edificio proveniente del creador de cada una de ellas.
En San Carlo, al igual que en San Andrés, la utilización de la convexidad y la concavidad es evidente, pero en el caso de la última, la relación no es armoniosa sino más bien impactante, controvertida y asombrosa por la poca relación fachada-interior, ya que algo es lo que se aparenta y otro lo que se es.
“Aquí, como todo otro lugar, la integración que hace Bernini de las estrategias tectónicas, escultóricas e iluministas está basada en un sistema jerárquico que más que minimizar, destaca la importancia de los componentes individuales. En dicho sistema, la escultura que relata un suceso constituye el elemento dominante, frente al que la arquitectura se subordina.” John Varriano. Arquitectura italiana del Barroco al Rococó. 1990.

Ahora bien, la importancia de estos edificios reside en que son obras emblemáticas que describen y manifiestan todas las circunstancias, modelos e ideas de un periodo: el barroco. Giulio Carlo Argan, autor del libro Renacimiento y Barroco, menciona que la técnica que utiliza el arte barroco es la retórica, la persuasión, donde indagar las emociones humanas se convierte en el propósito, por lo que es indiferente si las emociones son provocadas por la realidad, lo verdadero o la verosimilitud.
El uso de la verosimilitud es evidente debido a la perspectiva como instrumento de exageración y dramatismo. Ejemplos de ello son las cúpulas de las iglesias, donde la disposición de los grabados de mayor tamaño a menor, crea la ilusión de profundidad que junto a las técnicas iluministas, la perforación en el tambor de San Andrés o en la propia cúpula de San Carlo, termina exaltando emociones en el espectador.
Otro aspecto que va en busca de la emocionalidad es el de la exuberancia decorativa tanto en el interior como en el exterior. En el interior figura mucho más el dramatismo de las esculturas principales de Bernini y en lo exterior las complicadas figuras de San Carlo. Sin embargo es el agobio, la inquietud de las figuras, lo que provoca la alteración de los sentidos.
Por otro lado, vale la pena mencionar a Pietro da Cortona que, según Varriano:
“mantuvo la opinión de que la fachada es una composición urbanística independiente que no necesita de una correspondencia puntual con el interior” ya que “el alzado es poco más que un telón que aporta pocas claves para deducir la forma del edificio de detrás”.
En este sentido el barroco ve a la ciudad como un “escenario urbano” donde la fachada del edificio juega una participación dentro de una escenografía teatral que representa la ciudad barroca. En este teatro todo está dispuesto de tal manera que “una parte complementa a la otra y se estimula al espectador a que deje errar sin tregua la mirada” (Varriano). Estas iglesias y sus excepcionales fachadas contribuyen a la creación de “una ciudad como obra de arte de inmediata percepción visual”.
Sin duda, es la compresión de las ideas de la época lo que lleva a la admiración del periodo barroco. Su perduración en el tiempo será eterna porque la empatía que genera con el espectador no tiene fin. La impresión es absoluta y perenne. Las iglesias de San Carlo y de San Andrés son ejemplos de la majestuosidad y del poder de impresión que tiene la arquitectura junto a las otras artes y solo genios como Borromini y Bernini fueron capaces de lograrla con la particularidad, faltante hoy en día, de que la evocación es hacia la divinidad pero en pro del hombre, de sus sentimientos y de sus esperanzas por ascender.

“El Dios se había hecho hombre para elevar al hombre y convertirlo en Dios”. Goethe sobre la vida de Winckelmann.