Estaba a punto de irse, no tenía apuro pero estar entre tanta gente le obstinaba: Había habido un arrollamiento y solo curioseaban o increpaban sin saber.
Al salir de entre la gente ve a alguien llorar. Iba a seguir de largo pero distingue quién es y de inmediato comprende qué le pasa.
Va en su auxilio. Oye con paciencia resignada cómo se lamente y se dice culpable de lo sucedido, del accidente. Le sigue la corriente. Logra que se levante, espera poder hacer que llegue a un hospital o que algún policía haga un reporte, pero no logra que avance.
Intenta hacer que reaccione, le dice que culpable es quien cruza calles sin ver, sin pensar, o en todo caso, quien maneja el carro, aunque no esta vez: ¿Cómo podía prever que alguien se iba a lanzar al tráfico?
De repente ve cómo parece entrar en razón, cómo su vista se aclara, cómo se enfoca hacia un tumulto de gente; hacía el cual se dirige con decisión, con porte soberbio. Mientras se acerca comprueba que rodean a alguien (asume que es quien iba manejando) y empieza a pedir que se alejen, que dejen en paz a ese pobre ser, que no tiene la culpa de nada.
Lo dice con tal aplomo, con tal autoridad, que todo el mundo retrocede y le presta atención. Intuyen que va a revelar algo, y así lo hace: La culpa no fue suya, la fue culpa toda mía:
Yo desee tres veces su muerte.
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