Soy indisciplinado, espero me disculpen quienes han leído y seguido esta historia; espero esta tercera parte esté a la altura de sus expectativas y disfruten su lectura tanto como yo retomar a estos personajes. Y a los nuevos lectores, acá le dejo los anteriores capítulos:
Enciendo un cigarrillo, humo para disimular la peste. Por más que se limpie el asiento trasero no sale el olor. Nos detenemos en un semáforo; un vendedor de piña camina entre los automóviles y lo llamo.
—Mira, apúrate, dame una piña —le grito.
—Voy señor, ¿la quiere pelada?
—Sí, dámela pelada, pero tráeme la concha y apúrate —digo al buhonero. Me mira con resentimiento, pero lo hace.
—Aquí tiene señor, es…
—No es nada, no puedes vender piña en la calle, dame la piña y cállate —digo mientras le muestro la placa. Sánchez se ríe entre dientes y dice:
—Vas aprendiendo.
Sánchez espera que me vuelva como él, pero esto es distinto; esta es una miserable piña vendida por un buhonero que no paga impuestos ni tiene permiso. Y no tengo efectivo, pero necesito la piña. Con suerte absorberá la peste del carro.
Le paso un pedazo a Sánchez, está ácida pero al menos no la pagué.
—¿Qué quiere el comisario?
—Coño, no entendí muy bien pero la cosa está fea. Encontraron al nuevo muerto.
—¿Cual nuevo? —pregunto, Sánchez le dice nuevo a todo el mundo.
—Al Torres, el negrito ese que se creía la gran vaina, ¿te acuerdas?
—Ah ya, ¿el que la otra vez se puso a darte clases de cómo tratar a la gente?
—Sí, sí, ese mismo. Que no puedes estar golpeando a los ciudadanos, que todo el mundo es inocente hasta que se compruebe lo contrario, bla bla bla… Ahí está, por estar de pendejo se lo echaron al pico.
—Coño, ¿y cómo lo mataron?
—¿Qué voy a saber yo? El comisario está arrecho y no le entendí un carajo. Cuando lleguemos nos va a contar que pasó. El semáforo cambia a verde, arrancamos, escucho un “¡coño e´madre!” lejano. A ese piñero lo van a terminar jodiendo.
Llegamos a la comisaria, un edificio viejo de tres plantas, feo y sucio; uno de estos días se nos va a caer encima. Las paredes desconchadas afuera, manchadas adentro, las sillas rotas, los retratos de políticos que deberían estar presos y el calor dan asco. Hoy no hay casi gente, los familiares de los presos seguro ya se fueron.
Subimos a la oficina de Rodríguez, lo encontramos sentado tras el escritorio de formica y metal reliquia de los setenta; detrás de él, la biblioteca se pandea bajo el peso de los libros y el polvo. Una vez me puse a hojear los títulos y ni uno que haya escuchado en mi vida; algunos estaban en inglés, italiano, incluso vi uno que parecía chino. Seguro le quitó los libros usados a algún librero para hacerle creer a la gente que es un funcionario culto y preparado. No funciona.
La ventana abierta a la derecha deja ver la copa de un mango, las hojas inmóviles dejan ver los primeros de la temporada aún por madurar. Espero que este año los dejen en paz, el año pasado los tumbaron verdes y no me comí ni uno. Brutos que son, los tumban verdes y tan chiquitos que ni para jalea sirven.
A la izquierda, el archivero de metal gris, otra reliquia antigua; encima y a los lados, los retratos. Ahí están esos coños viéndonos, seguro se queman en el infierno mientras nosotros limpiamos la cagada que dejaron. Si pudiera quemar también esos cuadros.
El ventilador del techo chirría mientras le sopla en la calva aire hirviendo, la camisa beige manchada de sudor bajo las axilas, los botones de arriba abiertos muestran un pecho flácido cubierto de pelos canos. Definitivamente, este viejo se quedó en los setenta como su escritorio, con su camisa abierta, el bigote de brocha y la salsa vieja que pone cuando baja a donde Manuel.
—A la orden mi comisario, ¿para qué somos buenos? —dice Sánchez, servicial y arrastrado como siempre ante los superiores, increíble cómo cambia este gordo de mierda.
—Buen día comisario. A la orden —cierto, es mi superior pero no le voy a lamer las suelas a ese viejo sucio.
—Siéntense, que la cosa es fea —dice, acomodándose en la silla y pasándonos una carpeta doblada que seguro usó antes como abanico. Sánchez la recibe— deja eso, escucha y luego lees el informe —añadió cuando Sánchez empezó a hojear el papel de adentro.
—Bien —continúa el comisario después de que Sánchez dejó la carpeta sobre el escritorio— Torres apareció muerto esta mañana. Lo encontraron en su apartamento, encima de la alfombra de la sala, los muebles fueron movidos, como para hacer espacio. El cadáver tenía las tripas afuera, un cuchillo grande de carne en la mano, la puerta cerrada con llave la tuvieron que tumbar, del resto, todo parecía normal.
—Ya va jefe, déjeme ver si entiendo bien. ¿Se destripó solito?—pregunta Sánchez.
—Sí, eso parece. Pero es muy raro. Parece como lo que hacen los japoneses en las películas cuando la cagan —responde Rodríguez, mientras se limpia con un pañuelo arrugado la frente. Definitivamente, este viejo se quedó en los setenta.
—Comisario, me va a disculpar, pero eso es muy raro, ¿cómo ese negro se iba a sacar las tripas como un japonés? De japonés tiene, bueno, mejor dicho, tenía lo que yo tengo de astronauta —dice Sánchez con su ridículo tono servicial, provoca darle un coñazo por jalabolas, pero tiene un punto.
—Precisamente por eso los llamé, me da mala espina. Torres era raro y tenía sus vainas, siempre con su quejadera, con su llamadera de atención, que si el procedimiento, que si el código orgánico procesal y tal. El tipo tenía honor pero coño, nunca he visto un japonés negro —dice con una risita, que repite Sánchez a mi lado. ¡Qué bolas tienen estos coños de madre, burlándose del muerto!— y dudo que si lo fuera, tuviera las bolas para destriparse él solito —responde el comisario, mientras levanta una nalga del asiento para guardar en el bolsillo trasero del pantalón el pañuelo ahora sucio de grasa y sudor.
Nos quedamos callados un momento, el silencio solo interrumpido por el chirrido del ventilador. Miro al comisario mientras se alisa el bigote distraído, Sánchez parece preocupado, pero quién sabe si finge. Quiero irme de la oficina lo antes posible. Al cabo de un momento el comisario parece salir de sus pensamientos, nos mira y dice.
—¿Bueno, qué esperan? Vayan al apartamento, revisen bien, busquen cualquier vaina rara que el cuerpo lo tienen ya listo en la morgue. Le dije al forense que se aguante antes de poner suicidio en el informe de la autopsia, así que muévanse.
—Claro jefe, vamos de inmediato, gracias por confiar en nosotros, haremos lo mejor posible, ¿algo más? —pregunta Sánchez con su tonito meloso y arrastrado mientras se levanta de la silla.
—No, Sánchez, por los momentos eso es todo, pero vayan rápido que el forense anda apurado. Me levanto también, recojo la carpeta que Sánchez dejó olvidada sobre el escritorio setentero, saludo al comisario y salgo de la oficina. Sánchez se queda un momento, intercambia unas palabras en voz baja con el comisario y sale unos pasos detrás de mí. Salimos del edificio, directo al carro.
Con este calor y el sol debe estar peor, ¡Dios mío, haz que esa piña funcione!